Reflexión Diaria EscritaReflexiones

Una bomba más fuerte que la atómica sobre Nagasaki

Hoy estamos celebrando la Fiesta de San Felipe de Jesús, el primer santo mexicano, quien murió martirizando en Japón dando testimonio de su fe. De Felipe sabemos que desde pequeño era travieso e inquieto. A los 21 años se encontraba en las Islas Filipinas, a donde había ido en busca de aventura, ahí decidió reingresar a la orden de los Franciscanos y escogió el nombre de Felipe de Jesús.

Años más tarde, cuando se llegó el tiempo de la Ordenación sacerdotal, se fue en barco hacia México para ser ordenado en su tierra. Hubo un naufragio en el barco donde viajaba, durante un mes aproximadamente la nave estuvo a la deriva y fue a dar a las costas de Japón. Se desató la persecución contra los cristianos y Felipe de Jesús murió atravesado por 2 lanzas el 5 de febrero de 1597, cuando apenas tenía 25 años de edad.

Qué interesante el lugar donde murió este santo, ya que fue en la ciudad de Nagasaki, donde 350 años más tarde, caería la bomba atómica, que mató en 1945 a miles de personas. Esa bomba destruyó muchas vidas, sueños y familias; sin embargo, con el martirio de San Felipe de Jesús explotó una bomba, la bomba de la fe, porque su martirio fue fermento de santidad para el mundo.

Para lograr la santidad como la de San Felipe de Jesús, fiel hasta el martirio, debemos hacer lo que dice el Evangelio de hoy, tomado de Lc 9, 23-26, en donde se nos habla de que si alguno quiere seguir al Señor debe primero dejar de buscarse a sí mismo, tomar su cruz de cada día y, entonces, seguir al Señor. Porque, quien quiera conservar su vida para sí mismo, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por causa del Señor, ése la encontrará.

Quienes queramos seguir al Señor debemos aprender a renunciar a todo, para compartir con Él su dramático final en la cruz, debemos estar dispuestos a vivir como Él, ya que sólo así encontraremos la vida verdadera.

No podemos seguir al Señor sólo de palabra, sino que aceptar a Jesús en nuestras vidas significa hacerlo con una adhesión fiel y firme a sus mandamientos en todas las situaciones concretas de nuestras vidas. San Jerónimo decía que “hay que seguir desnudos al Cristo desnudo”, es decir, debemos imitar en todo al Maestro para poder seguirlo, pero principalmente en saber renunciar a todas las falsas seguridades y posesiones de nuestra vida.

No podemos intentar ser santos o pretender ser discípulos del Señor llevando un cristianismo light, una vida descafeinada o una vivencia decolorada de la fe. Para poder ser auténticos cristianos y poder ser sus discípulos, hoy el Señor nos da cuatro requisitos:

Negarse a sí mismo:

Es dejar atrás tantas inclinaciones desordenadas que me apartan del camino del Señor, es sacrificar por amor el propio querer para aceptar la voluntad de Dios en mi vida. Es la exigencia de abandonarlo todo, de no tener en cuenta mi persona, mis gustos, ni a sí mismo. Renunciar a ser dueño de la propia vida, con tal de que ésta le pertenezca a Dios. Aquí está la clave: no pertenecerse. Cuando pensamos más en nuestros proyectos y gustos no estamos escuchando a aquel que nos llama constantemente, ahí nos estaríamos perteneciendo más a nosotros que a Él.

Cargar con la propia cruz:

La cruz no es un fin en sí mismo, sino una consecución de la fidelidad del amor del Padre. La cruz no es el fin, sino el medio para llegar al fin, el cual es el amor. El amor a Dios y a los hermanos ha de vivirse con todas las consecuencias. Cargar con la propia cruz es aceptar todas las dificultades de la vida diaria, de mis luchas, de mi trabajo, de los defectos de quien me acompaña, etc. Por supuesto que Dios no quiere que suframos, por ello, una cruz que no conduce al seguimiento es cualquier cosa, menos la de Cristo.

Seguirlo:

No tener otros modelos, otros rumbos ni otras luces. No busquemos al Cristo resucitado, si antes no hemos experimentado al Cristo crucificado.

Perder la propia vida:

Aquí el Señor nos enseña a estar dispuestos a sacrificarlo todo por amor a Jesús, hasta el universo entero, hasta la propia familia, hasta los amigos, hasta los lujos y bienes, con tal de no perder el alma para la vida eterna. Puedes tener fama, dinero, bienes, lujos, etc.…, ten cuidado, porque con ello podrías ser supuestamente felices en esta tierra, pero infeliz toda la eternidad.

Mostrar más
Cerrar
Ir a la barra de herramientas