El jueves posterior a Pentecostés celebramos la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. En ella recordamos y agradecemos el que Jesús sea el Sacerdote de la Nueva Alianza que nos ha reconciliado con Dios y nos ha llamado a formar parte de su santa Iglesia.

Hoy se nos invita a contemplar que a todos nos ha llamado a formar parte de este pueblo sacerdotal, ya que todos por el bautismo participamos y somos un pueblo sacerdotal. Además, dentro de este pueblo Él elige libremente a algunos para que lo representen como servidores de la Palabra, de los Sacramentos y de la Caridad.

Qué hermosa fiesta estamos celebrando, porque en ella se nos invita a valorar el Sacerdocio. Recordemos que, en el Antiguo Testamento, los sacrificios que se ofrecían eran ofrendas que se hacían a Dios en reconocimiento de su soberanía y en agradecimiento por los dones recibidos. Estos sacrificios se realizaban mediante la inmolación de la víctima sobre un altar y eran símbolo e imagen del único y auténtico sacrificio que Jesucristo, llegada la plenitud de los tiempos, habría de ofrecer de su propia vida al Padre.

Allí, en el Calvario, Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote para siempre, se ofreció a sí mismo como una víctima agradable a Dios para expiación por nuestros pecados; ahí fue, al mismo tiempo, víctima, sacerdote y altar. Ahí mismo, en el Calvario, Jesucristo, realizó la ofrenda de alabanza y de acción de gracias más bella y agradable a Dios que se pueda concebir.

Esto nos lleva a pensar en que a las almas sacerdotales se les exige un gran espíritu de abnegación y sacrificio por amor, es decir, una perfecta renuncia a la propia voluntad y al yo, al morir a uno mismo, así como el grano de trigo que, si no muere queda infecundo, pero si muere da mucho fruto (Cf. Jn 12, 24). Sabemos que la Carta a los Hebreos dice que lo propio del sacerdote es ofrecer sacrificios por los pecados y debemos comenzar por saber renunciar a nosotros mismos.

Muchas veces podemos saber renunciar a muchas cosas exteriores, pero si no sabemos renunciar a nuestra propia voluntad, de nada nos sirve. Recordemos que todos, absolutamente todos los bautizados, participamos de la función sacerdotal de Cristo. Por lo tanto, también, aunque no sean sacerdotes ministeriales, todos estamos llamados a ofrecer sacrificios cotidianos en la renuncia de nuestra propia voluntad.

¿Estamos enamorados del sacrificio, de la renuncia y de la abnegación? Esto es una pregunta que nos serviría de termómetro para saber cuánto amamos a Dios, ya que un alma sacerdotal enamorada de Cristo no le teme al sufrimiento, sino que lo abraza cuando llega, se crucifica todos los días con Él y sabe ir renunciando a sí mismo en las pequeñas cruces de todos los días.

San Juan Crisóstomo, bien consciente de la dignidad y de la responsabilidad de los sacerdotes, se resistió al principio a ser ordenado sacerdote, y se justificaba con estas palabras:

Si el capitán de un gran navío, lleno de remeros y cargado de preciosas mercancías, me hiciera sentar junto al timón y me mandara atravesar el mar Egeo o el Tirreno, yo me resistiría a la primera indicación. Y si alguien me preguntara por qué, respondería inmediatamente: porque no quiero echar a pique el navío.

Desde luego que la tarea sacerdotal no es nada fácil, pero para esto necesitamos siempre estar unidos a Cristo a través de la oración y presentes en el Sagrario. Benedicto XVI siempre decía que hay una relación inseparable entre la Eucaristía y el Sacramento del Orden, es decir, del Sacerdocio. Nadie puede decir “esto es mi cuerpo” y “éste es el cáliz de mi sangre” si no es en el nombre y en la persona de Cristo, único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza (cf Hb 8-9).

Es necesario, por tanto, que seamos conscientes de que nunca debemos ponernos a nosotros mismos o a nuestras opiniones en el primer plano de nuestro ministerio sacerdotal. En nuestro ministerio, ante todo está Cristo. Todo intento de ponernos a nosotros mismos como protagonistas contradice la identidad sacerdotal. Por eso todo sacerdote debe ser un hombre enamorado de la Palabra de Dios, un enamorado de la Eucaristía y un hombre de Sagrario. Pidamos por todos los sacerdotes del mundo entero.