Han llegado conmigo muchos hombres y mujeres lastimados por la herida de una infidelidad. Créanme que llegan sangrando del corazón, con la herida punzante; muchos de ellos, llenos de resentimientos y coraje, otros, llenos de arrepentimiento y experimentando un gran vacío. Pero todos los que se dejaron golpear por la infidelidad cayeron en el mismo error: no supieron cuidar el tesoro tan grande que llevan en sus manos. Hoy quiero reflexionar en la 2Cor 4, 6-15:

Hermanos: El mismo Dios que dijo: Brille la luz en medio de las tinieblas, es el que ha hecho brillar su luz en nuestros corazones, para dar a conocer el resplandor de la gloria de Dios, que se manifiesta en el rostro de Cristo. Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que esta fuerza tan extraordinaria proviene de Dios y no de nosotros mismos.

Por eso sufrimos toda clase de pruebas, pero no nos angustiamos. Nos abruman las preocupaciones, pero no nos desesperamos. Nos vemos perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no vencidos. Llevamos siempre y por todas partes la muerte de Jesús en nuestro cuerpo, para que en este mismo cuerpo se manifieste también la vida de Jesús.

Por su parte, el Evangelio que hoy se escuchará en la Eucaristía es aquel trozo de Mateo que nos habla que Jesús condena la infidelidad, el adulterio y el divorcio; y, además, hace la invitación a adquirir un serio compromiso, incluso cuando esto implique graves sacrificios como sacarte un ojo o córtate una mano, si éstos son ocasión de pecado.

El ser humano es paradójico porque cuando tiene un grande tesoro lo cuida y pone todo sistema de seguridad habido y por haber con tal de resguardarlo, pero en el caso de las cosas que verdaderamente importan, en ocasiones, no se ponen tales medidas de seguridad, me refiero a la vida espiritual o a la propia vocación.

San Pablo nos habla de que llevamos el tesoro de Cristo, el tesoro de su gracia, el tesoro de la predicación, el tesoro del testimonio en vasijas de barro, pobres y frágiles. Todo cristiano lleva este mismo tesoro, al mismo Dios en su corazón, pero, al igual que todos, seguimos siendo hombres frágiles. Una vez escuché decir a alguien que el bautizado es: “un vaso de barro sin valor lleno de una riqueza sin precio”. Debemos poner nuestra confianza en Dios en que las pruebas son para purificarnos, forjarnos y hacernos volver a Dios.

Por eso te quiero ofrecer tres medios concretos que te ayudarán a tener luz en la prueba exterior o en la tribulación interior que estés pasando:

Ten confianza en Dios:

No hay nada que perjudique más al hombre como el desconfiar de Dios. Hay que dejar a Dios ser Dios, no hay que intentar usurpar su lugar diciéndole qué tiene que hacer, cómo tiene que resolvernos la vida. Él sabe por dónde nos lleva y las acciones correctivas que tiene que permitir en nuestra vida o en nuestro corazón con tal de que retomemos el rumbo correcto.

Recuerda que decía hoy San Pablo que llevamos recuerdo constante en nosotros de la muerte de Cristo, pero para que también se manifieste en nosotros la vida. Esto quiere decir, que el dolor, el sufrimiento o la prueba no tienen la última palabra, sino la resurrección fue el fin del camino, también llegaremos a la alegría. ¡Ánimo, ten fe y confianza en Dios!

Vigilancia constante:

Nadie nos tiene que advertir de cuál pie cojeamos, todos sabemos muy bien y con precisión cuáles son nuestros caballitos de batalla. Bueno, pues debemos saber poner límites, saber cuidar todos nuestros sentidos, tanto externos como internos. Saber cuidar muy bien nuestras amistades y nuestras relaciones y siempre ser muy sinceros con nosotros mismos. El que no vigila, el que no cuida, deja entrar el mal en su corazón y créeme que éste hace sus destrozos.

Desapego valiente y decidido:

Cuando la vigilancia se descuidó y descubrimos que ya hay ciertos daños que se hicieron en nuestro interior es momento de tomarnos la pastilla de humildad y reconocernos necesitados ante Dios. Nuestra debilidad nos debe recordar que tenemos un Dios que es más grande que nosotros y que lo puede todo en nuestra vida.

Esa frase de «si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar del castigo», nos habla de esa valentía que se necesita para saber apartarnos con decisión de todo lo que nos ata al pecado. Yo mismo lo sé por experiencia propia que es muy difícil y doloroso apartarse de ciertas cosas o personas, pero es lo mejor. Es mejor para nuestra salvación dejar o alejarse de un lugar, de una amistad o de un trabajo con todo el dolor y lo que esto significa, si todo esto está siendo ocasión recurrente de pecado.