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¿Sobre qué o quién está tu confianza? Construye sobre Roca firme para tener seguridad

Hoy se nos invita a no poner nuestra confianza en cosas pasajeras, las lecturas de hoy nos hablan de la urgente necesidad de poner toda nuestra confianza solamente en Dios. Cuando nuestra vida no está bien cimentada, con cualquier viento o contrariedad se viene para abajo. Veamos qué nos dice el Evangelio de Mt 7, 21-27:

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.

Es un Evangelio muy gráfico y fácil de entender. Pero quisiera también comentarte algo de lo que escucharemos en la primera lectura de la liturgia de hoy. Isaías narra que tener una ciudad fuerte, con sólidas murallas y bien cuidadas daba seguridad a la población. Se vale de esta imagen para enseñarnos que es importante confiar sólo en Dios, pues Él es nuestra muralla y nuestra fortaleza.

Dice Isaías: “Confíen siempre en el Señor, porque el Señor es nuestra fortaleza para siempre”. Dios nos es siempre fiel y nos da auténtica seguridad, su amor nos garantiza paz y prosperidad.

En el Evangelio de Mateo que acabamos de leer, el pasaje sucede al final del Sermón de la Montaña, donde Jesús nos invita a edificar sobre roca y no sobre arena. Además, nos confronta pues hace clara la oposición entre el decir y el hacer la Voluntad de Dios, ya que la vida espiritual únicamente se puede cimentar en la roca de los hechos, no de las buenas intenciones y mucho menos de alabanzas y de promesas vacías.

Muchas veces estamos cimentando nuestra vida en los criterios del mundo: ambición, fama, dinero, éxito, prestigio; pero dejamos de lado los criterios del Evangelio, en otras palabras, dejamos de lado a Cristo. Cuando esto sucede, estamos edificando sobre arena. Vendrán los fracasos, las pruebas, enfermedades, situaciones graves en el matrimonio o en la vocación, etc… y nuestra vida se vendrá abajo por que nuestra fe y confianza estaban en el mundo y no en Dios.

Nunca podemos fiarnos de nuestras solas fuerzas, sino que debemos recurrir siempre a Dios, porque Él es nuestra única y verdadera fortaleza. Cuántos basan su felicidad en un amor romántico, donde por fuera parece hermoso y aparentamos estar muy bien ante la sociedad, la familia y los amigos… pero en realidad, por dentro nos estamos derrumbando, nos carcome la infelicidad, no nos gusta lo que hacemos, renegamos de todo, vivimos en una constante infidelidad a nuestras promesas… todo porque no hemos construido sobre lo que verdaderamente importa y da la plenitud, como son los valores del Evangelio.

Dice el Evangelio de hoy: “No todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre”. Qué importante es hermanos que no seamos de esos que alaban a Dios por fuera, que le prometen cosas bonitas y conversiones admirables, pero que sólo se quedan en eso en palabras bonitas, y no se comprometen.

Podemos rezar mucho, pero si no hacemos lo que nos toca, si no somos responsables con lo nuestro… estamos siendo incoherentes. Eres de lo que dice que son buenos, que no afectan a nadie, incluso hasta rezas de vez en cuando pero no haces tú responsabilidad en tu casa, en tu trabajo o en tu apostolado. No nos engañemos, si sólo llevamos el mote de cristiano, pero no nos comportamos como tal, es decir, no hacemos la Voluntad del Padre, no entraremos en el Reino de los cielos.

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