La Virgen Santa siempre ha tenido un puesto de relevancia en la historia de la Iglesia, aun cuando los textos sagrados del Nuevo Testamento parecen reservarle poco espacio estando dirigidos al anuncio salvífico del Hijo de Dios hecho hombre, en esas pocas veces en que Ella es mencionada ocupa siempre un lugar importante y desenvuelve un rol fundamental.

El primer pasaje neotestamentario que nos habla de la Madre de Cristo es una citación de San Pablo en la carta a los Galatas (“… cuando vino la plenitud de los tiempos, Dios mandó a su Hijo,  nacido de mujer… Gal 4,4”).

Las páginas del Evangelio nos presentan a María la Madre de Jesús en lo ordinario y cotidiano de la vida. Es una mujer verdadera que sabe reflexionar y hablar, escuchar o tomar la iniciativa, llorar y alegrarse…

Todo esto hace de María una mujer concreta.

La valoración de María se debe a Lucas y a Juan, que la hace entrar directamente en escena en los misterios de la infancia y de la vida pública de Cristo, revelando su misión y su espiritualidad.

Con Lucas, María entra a plena luz; es ella quien, a los inicios del evangelio, ocupa el primer lugar; es ella quien, en el nacimiento de la Iglesia, participa con los discípulos en la oración del cenáculo (Hch 1, 14). En cambio Juan encuadra la vida pública de Jesús entre dos escenas marianas (Jn 2, 1-12; 19, 25ss): en Cana y en el Calvario, Jesús define con autoridad la función de María primero como fiel, después como Madre de sus discípulos. A todos los niveles de la tradición evangélica, María es ante todo “la Madre de Jesús”.

En Lucas, durante la vida pública el rol materno de María se expresa en la búsqueda del Hijo y en la escucha de la palabra, que invita a dar el primado a las relaciones de fe y de adhesión a la voluntad de Dios: la madre llega ser la discípula (cf. Lc 8, 19-20; 11,28).

Del conjunto de los autores del Nuevo Testamento emerge el honor del que gozó María en la primitiva comunidad cristiana: si la vida cristiana es apertura al reino de Dios, María es la virgen pobre que se abre totalmente y en modo ejemplar, es la creyente que participa en el drama salvador del Señor en un camino de fidelidad, escucha y perseverancia; María es la primera creatura sobre la cual se infunde el Espíritu Santo para hacerla obrar con un corazón nuevo e impulsarla al testimonio de Cristo y a la alabanza por las intervención de Dios en la historia (cf. Magníficat).

Las grandes obras realizadas por la Omnipotencia en la humilde Sierva son celebradas a través de los siglos por todas las generaciones que la llaman “beata”: Ella que fue redimida en modo eminente por los méritos de su Hijo es encrucijada de la historia de la salvación y en sus vicisitudes la resume y concentra.

Los cuatro dogmas marianos fijan los “puntos cardinales”: La inmaculada siempre virgen Madre de Dios, asunta al cielo anticipa y manifiesta el proyecto de redención y de participación en la vida divina que la Trinidad ha proyectado “ab aeterno” para la Iglesia, la humanidad y la eterna creación.

 MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA

La Virgen María es sobre todo la Madre del Verbo Encarnado, la Madre de Dios. Este es el título principal y el fundamento de todos sus privilegios. Podemos, por tanto, decir que la mariología, al menos en su aspecto esencial, es una parte de la cristología. La fórmula “Madre de Dios” no aparece explícitamente en la Sagrada Escritura, pero en ella se afirman en el modo más claro dos verdades: La primera es que Jesús es verdaderamente Dios; la segunda es que Jesús es verdaderamente Hijo de María. En este punto la lógica nos obliga a poner el siguiente silogismo:

Jesús es Dios; María es la Madre de Jesús: por tanto, María es la Madre de Dios.

Más aún, podemos encontrar en la Escritura algunas formulaciones prácticamente equivalentes a la de “Madre de Dios”.

En San Pablo más allá del texto de Gálatas 4, 4 hay otro bellísimo texto (Rm 9, 5): “De ellos proviene Cristo según la carne, El que está sobre todo, Dios bendito por los siglos”. Este Dios Bendito por lo siglos, que es Jesús, proviene de los israelitas según la carne, es decir, según la generación humana, y esto sucede a través de María, de quien Él es hijo. Entonces María es la Madre de Aquel que está sobre todo, Dios bendito por los siglos. Es Madre de Dios.

En el Evangelio de san Lucas, Elisabeth acoge a María en su casa como madre del Señor: “¿A qué debo que la Madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 43). La expresión “la Madre de mi Señor” es equivalente a “la Madre de mi Dios”. Entre todos los textos bíblicos éste es el más directo y formal.

En el curso del s. V, Nestorio, elegido patriarca de Constantinopla en el 428, en cierto momento, en sus predicaciones, inicia a combatir el título de “Theotókos” (Madre de Dios). El concilio de Efeso (431) condena a Nestorio: afirma sobre todo el dogma de la unidad de Cristo, en unidad según la “hypóstasis”, es decir, según la persona, y por consecuencia afirma que María debe ser llamada “Madre de Dios” (Theotokos). Es importante notar que la definición dogmática de Efeso fue antes de todo cristológica, y por consecuencia mariológica. Cuando fue definido el carácter personal divino del hombre Cristo, la maternidad de María fue definida como divina.

Toda la fe cristiana referente al Verbo encarnado puede ser sintetizada así: Jesús es a la vez verdadero Dios y verdadero hombre. Diciendo que María es Madre “de Dios” decimos que Jesús es verdadero Dios; Diciendo que María es “Madre” de Dios decimos que Jesús es verdadero hombre; y decimos también que en Él la divinidad y la humanidad están unidos en la misma persona.

VIRGINIDAD PERPETUA DE MARÍA

Es necesario decir, sobre todo, que toda consideración que se hace, hablando de María Santísima, es siempre la consecuencia de un juicio sobre Jesús. Por lo mismo también podemos decir que cualquier definición en mérito a la mariología (la disciplina teológica que estudia la figura de María) se deriva de una precedente reflexión cristológica. Por lo tanto, María es casta porque primariamente el amor de Cristo es purísimo.

En el primer milenio se consolidaron sobre todo dos convicciones: la primera que María Santísima es Madre de Dios, la segunda que es “la Virgen” por excelencia, la Virgen de las vírgenes.

El primer Concilio ecuménico que habla explícitamente de la perpetua virginidad de María es el Concilio de Constantinopla II (553): “Tomó carne de la gloriosa Theotokos y siempre virgen María”.

La definición dogmática de la perpetua virginidad de María pertenece al Concilio Lateranense del 649, convocado por el Papa Martín I. Esta definición es infalible e irreformable. La perpetua virginidad de María es por tanto verdad de fe definida.

¿Pero que cosa es exactamente la virginidad? Entendida en perspectiva cristiana comporta la entrega total de la persona, alma y cuerpo, mente y corazón a Jesucristo.

Entendiendo en este modo la virginidad podemos entender el sentido de lo que la Iglesia enseña, a partir al menos desde el s. IV, cuando dice que María Santísima fue virgen antes del parto, durante el parto y después del parto.

La concepción virginal (“Virginitas ante partum”) es muy claro leyendo el pasaje del Evangelio tanto de Mateo que retoma la profecía de Isaías (7, 14) “la Virgen concebirá y dará a luz un hijo”; como en el pasaje de la Anunciación de san Lucas, donde se puede ver claramente en filigrana la referencia a la profecía de Isaías, y de Jesús. Es sobre todo fundamental en este texto la pregunta de María al ángel (las primeras palabras de María): “¿cómo sucederá esto puesto que no conozco varón” (1, 34).

El dogma de la Virginidad, afirma que la integridad física de María no fue lesionada en el acto del parto. Como en la concepción, así como también después enn toda su vida. El modo como concibió y parió tuvo un carácter extraordinario.

La escritura atestigua solo indirectamente  la virginidad de María después del parto. El hecho de que el Salvador moribundo confie a su madre a la protección de san Juan (Jn 19, 26: “mujer ahí tines a tu hijo), presupone que María no tenía otros hijos más que a Jesús.

Por su parte la interpretación tradicional de Lc 1, 34, por la respuesta de María “¿cómo sucederá esto, si no conozco varón?”, arguye el propósito que María tenía de virginidad perpétua, hecha por una particular iluminación divina.

INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA:

En el curso de los siglos la Iglesia ha tomado conciencia que  María, colmada de la gracia de Dios, ha sido redimida desde su concepción. El dogma formulado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854 dice así:

“Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que considera que la beatísima Virgen María en el primer instante de su concepción, por una gracia y un privilegio singular de Dios omnipotente, en precisión de los méritos de Jesucristo Salvador del género humano, ha sido preservada intacta de toda mancha de pecado original” (Bula ‘Ineffabilis Deus’).

Esto no quiere decir que la Iglesia ha creído en esta verdad sólo  a partir de 1854, ya para los Padres de la Iglesia y los escritores de los primeros siglos la doctrina de la Inmaculada Concepción es implícita en el frecuente paralelismo Eva-María (San Justino, San Ireneo y Tertuliano), el cual comporta una doble relación: de semejanza (como Eva salió pura de las manos de Dios, así María debía salir inmaculada de las mismas manos) y de oposición (Aquella que debía ser la reparadora de los daños provocados por Eva no podía encontrarse co-envuelta en ella).

Los textos bíblicos más importantes donde implícitamente se habla de la Inmaculada Concepción son el Protoevangelio (Gn 3, 15) y la narración de la Anunciación en Lucas. En el Protoevangelio de hecho emerge que entre la mujer y la serpiente hay una enemistad radical, por tanto no se puede pensar que ni por un sólo instante en la mujer haya habido, por así decirlo, una amistad con la serpiente por el pecado, ni siquiera por el pecado original. En el texto de Lucas las palabras del Ángel: “alégrate María, llena de Gracia” (más literalmente “llena del favor divino”), leídas a la luz de la Tradición y del ‘Sensus Fidei’ del pueblo de Dios, indican una plenitud total de la gracia. Esta totalidad se refiere tanto a la extensión como a la duración, es decir, debe extenderse a toda la vida de María, comenzando desde el primer instante de su existencia. Por tanto desde el primer instante María fue santa, sin alguna mancha de pecado porque desde su cuerpo inmaculado debía nacer el Redentor de la humanidad.

A los dos textos precedentes, que son los fundamentales, algunos autores añaden también un tercer texto traído de las palabras de santa Isabel: “bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. La bendición divina de María es puesta en paralelo con la de Cristo en su humanidad. Este paralelismo deja entender que María, como Cristo, desde el principio de su existencia, estaba ausente de todo pecado. Es necesario notar, que la bendición de la Madre viene colocada primero que la del Hijo.

María no es una excepción a la redención, María no es aquella que no tiene necesidad de redención, sino es el caso de la más perfecta y más eficaz aplicación de la redención por parte de único Redentor que Jesús Cristo, el cual ha aplicado a María sus méritos antes incluso que naciese.

ASUNCIÓN AL CIELO EN ALMA Y CUERPO DE MARÍA:

El dogma de la Asunción de María Santísima al cielo, definido por el Papa Pio XII el 1 de Noviembre de 1950, al término de un año santo que concluía un período, durado cerca de un siglo, de extraordinario fervor devocional hacia la Virgen María, y también motivado por las apariciones de Lourdes y de Fátima, dice así:

“La inmaculada siempre Virgen María, Madre de Dios, terminado su curso de la vida terrena, fue asunta a la gloria celeste en alma y cuerpo” (Munificenrissimus Deus).

La verdad definida se refiere sólo al estado glorioso de la Virgen, y no dice nada sobre el modo en  el cual María lo alcanzó, si pasando a través de la muerte y la resurrección, o bien no. La gloria celestial de la que se habla es el estado de beatitud en el cual se encuentra actualmente la humanidad santísima de Jesucristo, y al cual llegarán todos los elegidos al fin del mundo. Aquellos que mueran después del bautismo y antes del uso de razón y los justos perfectamente purificados de toda mancha de pecado participan de esta beatitud en el alma ya antes juicio final, pero no en el cuerpo. El privilegio de la Asunción concedido a María consiste por tanto en el don de la anticipada glorificación integral de su ser, alma y cuerpo, a semejanza de su Hijo.

Los orígenes de la fiesta de la Asunción no han sido todavía clarificada del todo. Los primeros inicios de una fiesta del Transito de María (“Dormitio”) los encontramos en Oriente, entre el 540 y el 570, como se muestra en la narración de los peregrinos que ha visitado Jerusalén en aquellos años. Poco después, hacia el 600, un edicto del Emperador Mauricio extiende la fiesta a todas las regiones del imperio, fijándola el día 15 de agosto. En Occidente aparecen los primeros signos de una fiesta en memoria de la Virgen en el s. VI, precisamente en la Galia, en donde es celebrada el 18 de enero bajo el título de la “Depositio Sanctae Mariae”. En Roma la celebración es introducida en s. VII, junto a las otras fiestas marianas de la Purificación, de la Anunciación y de la Natividad: llega a ser rápidamente la más importante de todas y tiene desde sus orígenes el nombre y el significado actual. De Roma se extiende después rápidamente, durante los siglos VIII y IX, a todo el Occidente, también a la Galia, precisando el contenido y modificando la fecha de la fiesta precedente. Los orígenes y el desarrollo de la fiesta, como también el examen detallado de los testimonios litúrgicos, manifiestan el desarrollo de la doctrina: al principio el objeto de culto era el “tránsito”, el pasaje a la vida celestial de María; más tarde es la Asunción. La historia evidencia claramente un hecho: la doctrina de la Asunción no se presenta como una doctrina aislada en el s. V: esta doctrina es parte de todo un movimiento doctrinal que precisa, poco a poco, la posición y privilegios de la Madre de Dios en la economía de la Redención, su santidad perfecta, su posición única junto al Hijo.

A la luz de estas consideraciones se comprende también cómo la Constitución de Pío XII del 1 de noviembre de 1950 pueda hablar de un fundamento bíblico de la doctrina de la Asunción. Comprende todas las afirmaciones que subrayan las relaciones particulares de María con su Hijo, en la concepción y en la generación (Lc 1, 26-38; Mt 1, 18-25; Lc 1, 39-50), en los misterios de la infancia (Lc 2, 1-21; Mt 2, 1-23; Lc 2, 22-52), durante la vida pública (Jn 2, 1-11; Mt 12, 46-50) y en el Calvario (Jn 19, 25-27); estos constituyen como el clima en el cual son concebidas las relaciones entre la Madre y el Hijo.

La Muneficentissimus Deus afirma también que hay un nexo muy estrecho entre la verdad de la Asunción y la de la Inmaculada Concepción. De hecho las palabras dirigidas por Dios a Adán después del pecado (Gn 3, 19): “Tu eres polvo y en polvo te convertirás” indican el castigo por el pecado original. Si la Virgen María estuvo sin pecado original, entonces también está sin su castigo.

Este argumento, del inseparable nexo entre la Inmaculada y la Asunción, comenzó a florecer y a ser intuido desde el s. VI, o tal vez antes. Del efecto (la Asunción) se hace referencia a la causa (la Inmaculada), y de la causa se desciende al efecto. Se tienen de hecho varias confirmaciones de esto en el curso de la historia de la mariología: pocas en el período patrístico; crecen en el medioevo y en el período moderno, hasta alcanzar la fuerza de un plebiscito después de la definición del dogma de la Inmaculada. Ninguna maravilla por tanto si este argumento es pacíficamente acogido en la Constitución de Pío XII. Por otra parte el amor filial de Jesús hacia su Madre Inmaculada exigía la estrecha conveniencia de la preservación de su cuerpo de la corrupción del sepulcro y su anticipada glorificación.

CONCLUSIÓN

María Santísima ha tenido grandísimos dones, pero Ella misma, a todo don extraordinario que ha recibido de Dios, en especial la grande llamada a ser Madre de Dios, ha correspondido en un modo perfecto, como más perfecto no se podía. En el catecismo de la Iglesia Católica está bien sintetizado el rol que María ocupa en la Iglesia:

“…No sabremos concluir mejor que dirigiendo la mirada a María para contemplar en ella lo que la Iglesia es en su misterio, en su ‘peregrinación de la fe’, y lo que será en la patria al fin de su camino, donde la espera, en la ‘gloria de la Santísima e Indivisible Trinidad’, ‘en la comunión de los santos’ aquella que la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como la propia Madre… La Madre de Jesús, como en el cielo, glorificada ya en el cuerpo y en el alma, es imagen y la primicia de la Iglesia que deberá tener su perfección en la edad futura, así sobre la tierra brilla como un signo de segura esperanza y de consolación para el pueblo de Dios en camino” ( n°972).