Hace unos meses un joven se me acercó queriendo platicar pues se encontraba muy triste y decepcionado, puesto que tenía algunos meses que había dejado algunos vicios y la gente más cercana a él, no creían en su cambio. El me preguntaba todo angustiado que si en verdad Dios lo había perdonado después de confesarse. Le dije que sí, que en la confesión Dios nos perdona los pecados. Pero él me decía que le costaba trabajo creerlo, puesto que los que estaban cerca de él y que le decían que lo querían, no creían en él.

A muchos nos puede suceder igual, sentir todo el peso de nuestro pasado y darles más importancia a nuestras faltas, que a la Misericordia con la que Dios nos trata. Hoy de eso nos habla Miq 7, 14-15.18-20:

¿Qué dios hay como Tú, que quitas la iniquidad y pasas por alto la rebeldía de los sobrevivientes de Israel? No mantendrás por siempre tu cólera, pues te complaces en ser misericordioso. Volverás a compadecerte de nosotros, aplastarás con tus pies nuestras iniquidades, arrojarás a lo hondo del mar nuestros delitos. Serás fiel con Jacob y compasivo con Abraham, como juraste a nuestros padres en tiempos remotos, Señor, Dios nuestro.

Qué palabras tan hermosas y consoladoras las que hoy escuchamos de Miqueas, puesto que se nos presenta a Dios con gran convicción como el verdadero Pastor del pueblo de Israel, dispuesto siempre a perdonar, ya que Él permaneces siempre fiel a sus promesas. Quien falló muchas veces fue el pueblo, alejándose del Señor y realizando acciones contrarias a lo que Dios quería de ellos, pero aún así, Dios no cambia su amor por ellos y Él siempre permanece fiel a sus promesas.

Me gusta mucho el saber que para Dios no es una carga el perdón que nos da, sino que Él se complace perdonándonos. El Señor se complace en usar su Misericordia con nosotros, en guiar y custodiar a su pueblo como lo hace un pastor con su rebaño.

Si hoy descubrimos que hemos sido esa oveja descarriada que no se ha querido meter al redil, que hemos andado por malos pasos y que, hasta incluso, hemos sonsacado a otros al camino del mal, la gran noticia es que Dios nos está esperando con los brazos abiertos para regalarnos su perdón. No tenemos que dudar de ello. Así como el joven que se me acercó temeroso porque sus familiares no creían en su cambio, créeme que Jesús sí cree en nosotros y lo único que necesita para obrar en nosotros la conversión es que queramos y nos acerquemos a experimentar su Misericordia.

Esta idea se reafirma en el mismo Evangelio del día de hoy, en donde se nos narra la parábola del hijo pródigo. Sabemos que este trozo del Evangelio lo que tiene por intensión mostrar y enseñarnos, no es tanto la actitud de los hijos, sino la gran Misericordia del Padre amoroso que siempre nos recibe con los brazos abiertos.

Qué hermoso saber que tenemos a un Dios que es un verdadero Padre que acoge con amor al hijo ingrato que se ha alejado de Él y perdona a quien le ha dado, por un momento, la espalda. Hoy tenemos que acercarnos al Señor para que hagamos fiesta, porque al experimentar el perdón en carne propia, se alegra nuestro corazón y somos motivo de alegría para el cielo.

Cuando estamos en la vida de pecado, estamos poniendo en riesgo nuestra salvación eterna, así que te invito a que en esta Cuaresma te dejes amar por el Señor, acércate a experimentar el gran amor que Él te tiene y que quiere regalarte.