No hay peor tristeza o angustia que sentirse abandonado, y más, por aquel que pensabas que te amaba. Recordemos que el demonio es especialista es restregarnos nuestras faltas e infidelidades. Éste puede ser el pensamiento de alguien que se ha sentido olvidado por Dios, que en medio de la dificultad siente que Dios no lo escucha o es indiferente a su situación. Hoy veremos que Dios nos ama con un amor total y perfecto.

La lectura que quiero reflexionar está tomada de Is 49:

Esto dice el Señor: “En el tiempo de la misericordia te escuché, en el día de la salvación te auxilié. Yo te formé y te he destinado para que seas alianza del pueblo: para restaurar la tierra, para volver a ocupar los hogares destruidos, para decir a los prisioneros: ‘Salgan’, y a los que están en tinieblas: ‘Vengan a la luz’. Pastarán de regreso a lo largo de todos los caminos, hallarán pasto hasta en las dunas del desierto. No sufrirán hambre ni sed, no los afligirá el sol ni el calor, porque el que tiene piedad de ellos los conducirá a los manantiales. Convertiré en caminos todas las montañas y pondrán terraplén a mis calzadas. Miren: éstos vienen de lejos; aquéllos, del norte y el poniente, y aquéllos otros, de la tierra de Senim.

Griten de alegría, cielos; regocíjate, tierra; rompan a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y tiene misericordia de los desamparados. Sión había dicho: ‘El Señor me ha abandonado, el Señor me tiene en el olvido’. ¿Puede acaso una madre olvidarse de su criatura hasta dejar de enternecerse por el hijo de sus entrañas? Aunque hubiera una madre que se olvidara, yo nunca me olvidaré de ti”, dice el Señor todopoderoso.

Nunca debemos perder de vista el amor total y perfecto que Dios nos tiene. Un amor que sale en busca de sus hijos perdidos y extraviados, un amor que no se cansa, un amor perfecto, un amor que lo perdona todo y perdona siempre, un amor que busca restaurar el corazón herido.

Este texto, que se sitúa en el S. VI a.C., en el destierro de los israelitas en Babilonia, nos habla del pueblo que se encuentra en desesperación por su situación, el cual clamaba a Dios en medio de su amargura: “Me ha abandonado el Señor”. Pero Dios, a través de Isaías, les recuerda su fidelidad, y para animarlos, les dice que siempre los ha amado y los ha colmado de dones; además les garantiza la paz y su protección.

Es un texto que quiere resaltar el amor gratuito de Dios que quiere a su pueblo escogido, a pesar de todo. Isaías utiliza muchas imágenes muy ilustrativas, ya que nos habla de un Dios es que es pastor y agricultor, médico y hasta madre. Un Dios que se preocupa por los sufrimientos de sus hijos, los salva del destierro y restaura a su pueblo. Dios no quiere que su pueblo pase hambre ni sed, o que padezca sequía en sus campos, quiere para todos siempre alegría y vida.

Esto nunca lo debemos olvidar, aunque también nosotros nos encontremos desterrados, generalmente por nuestro pecado, Dios nunca se olvida de nosotros ni nos abandona. Incluso, en los momentos en los que la angustia y la desesperación nos hacen dudar de su presencia, es en ese momento cuando más cerca Dios está de nosotros, aunque no lo veamos ni percibamos; si no, recuerda cómo termina el Evangelio de Mateo: “Sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Cuando el dolor, la crisis o el experimentarse abandonado arrecia en nuestro corazón, nos ensimismamos y nos olvidamos de la misión que tenemos en la vida, ya que el dolor nos ciega y nos vuelve un tanto egoístas, porque ya no nos preocupamos por el dolor del otro. Hoy, también en esta lectura, se nos invita a salir de nuestra comodidad para ser luz en el mundo. Recordemos que el profeta les dijo: “a los prisioneros: ‘Salgan’, y a los que están en tinieblas: ‘Vengan a la luz’”.

Aprovechemos esta cuaresma para sanar nuestras heridas, para reencontrarnos con el Dios amor y misericordioso que viene para salvarnos, para que confiemos en su amor y podamos así, ser rostro de amor para los demás. Alguien que no sana su herida, es alguien que hiere a lo demás. Por ello, si hoy descubres que en tu corazón hay ciertas heridas por lo que has pasado o has sufrido, permítele a Dios que te cure y te manifieste cuánto te ama.