El Santo Padre Juan Pablo II escribió una carta apostólica en el año de 1984 acerca del sentido cristiano del sufrimiento humano. Aunque la carta sólo tiene 31 números, ésta se encuentra dividida en ocho partes, las cuales harán un recorrido por los elementos que dan alegría a la persona, qué rol juega el sufrimiento en el hombre, cómo Cristo nos invita a asemejarnos a Él en su entrega en la cruz, finalmente, da un esbozo bíblico del sentido del sufrimiento en el cristiano.

La carta comienza preguntándose de dónde le viene la alegría a San Pablo, a lo que se afirma que del descubrimiento del sentido del sufrimiento en su vida, y todos estamos llamados a eso mismo, a que veamos en ese descubrimiento el sentido salvífico que tiene, el cual no es ajeno a ninguna persona y pertenece a la trascendencia de todo hombre. Por tanto, se nos marca que del sufrimiento nadie se escapa, ya que es esencial a su naturaleza, pero no está sola en el mundo, sino que se encuentra unida a la Redención y ahí cobra el verdadero sentido.

El misterio del sufrimiento y todo lo que éste encierra nos descubre que hay dos tipos de sufrimientos, a saber: el físico, en donde lo que duele es el cuerpo; y el moral, en donde lo que duele es el alma. La carta bellamente nos recuerda la historia del pueblo de Israel, quien experimentó duras etapas de sufrimiento. Podemos decir que el hombre sufre cuando experimenta cualquier mal.

Sabemos que a lo largo de la historia se han dado distintas respuestas al problema del mal, pero en la visión cristiana se afirma que el hombre es partícipe de un sufrimiento cuando existe la ausencia de un bien del cual no participa. El Papa nos recuerda que hoy se habla de un sufrimiento del mundo, el cual ha sido transformado por el progreso. Esto lleva al hombre a preguntarse entonces sobre el por qué del sufrimiento, ya que esta realidad ha llevado a muchos a enfadarse con Dios. El testimonio de Job, quien es inocente, invita a pensar que el sufrimiento tiene un tinte pedagógico para corregir las conductas erróneas de los hombres y para invitarlo a la conversión. Toda respuesta a cualquier interrogante ante el sufrimiento humano hay que encontrarla en el amor divino.

Debemos aprender a transformar el sufrimiento humano a la luz del misterio salvífico del Hijo de Dios que se hace hombre para salvar a la humanidad. Tenemos en Él la victoria que nos debe confortar, ya que venció al pecado y a la muerte con su resurrección, es por ello que el sufrimiento en los hombres tiene un carácter redentor. Además, quien sufre debe tener presente que no está solo, sino que Cristo se hace su compañero, ya que Él se acercó al sufrimiento humano en cuerpo y alma. Él es quien más nos puede entender y ayudar a comprenderlo en la vida propia. Por tanto, nos debe fortalecer el hecho de que Cristo, siendo inocente, asume el pecado de toda la humanidad para redimirnos y borrar los pecados de todos los hombres.

El sufrimiento de todo hombre no tiene un valor efímero, sino que asemejándolo al sufrimiento de Cristo en la cruz, el cual dio vida a todo el género humano, también en el hombre se vuelve un manantial de agua viva. De tal forma, todo hombre que sufre se hace partícipe de los mismos sufrimientos de Cristo, de tal forma, todo hombre tiene su propia participación en la redención, es decir, está llamado a participar en ella con sus sufrimientos.

Una actitud que nos invita el Santo Padre a cultivar es la virtud de la fe, por medio de la cual el cristiano descubre y le da sentido a todo lo que le acontece, ayudándole a madurar espiritualmente y a poder llevar con paciencia y amor todos sus sufrimientos, sabiendo que Dios está con él y le da las fuerzas para poder sobrellevarlo. El cristiano sufre al pertenecer a la Iglesia de Cristo, y por ello, quedan abiertos sus sufrimientos a la redención. Aunque la redención de Cristo se realizó ya en plenitud, permanece abierta constantemente a todo amor que se expresa mediante el sufrimiento humano ofrecido por amor y con fe.

Todo lo anterior nos abre a la dimensión de que en la Iglesia descubrimos su naturaleza divino-humana. El documento nos habla de un elemento muy importante dentro del sufrimiento humano, la presencia de la Siempre Virgen María, ya que junto al sufrimiento del Hijo siempre estuvo la Madre presente. La carta nos habla del Evangelio del sufrimiento, en el cual se nos hace manifiesta la revelación del significado salvífico del sufrimiento en la misión de Cristo y, por consiguiente, de su Iglesia.

A la par de la fe, provista por Dios al hombre, debe estar unida a la esperanza de la resurrección, lo cual dará a quien sufre el valor para enfrentar las distintas situaciones que se enfrentan en la vida. Además dicha fortaleza le viene al hombre de Cristo mismo. Nadie que sufra puede transformar dicho sufrimiento con algo externo, sino que solo lo puede trascender con una fuerza interior. A cualquier situación dolorosa vienen, generalmente, preguntas, las cuales sólo pueden ser respondidas desde de la cruz de Cristo, de tal forma, se descubrirá que Cristo nos invita a unirnos a Él mediante esa cruz personal.

No hay que intentar rehuir al dolor ni al sufrimiento, pues éste es un camino de gracia insustituible como camino de gracia para la transformación y la conversión de las almas. Por tanto, el sufrimiento llevado con fe, amor y paciencia, nunca queda en vano, sino que sirve para el propio bien de la Iglesia necesitada de purificación. Me parece muy oportuno que antes de la conclusión, el Papa asemeja este tema con el pasaje del Buen Samaritano, quien no solo siente compasión, sino que lo vemos que actúa y ofrece ayuda en el sufrimiento de la persona, y es él mismo quien se ofrece con amor. Por tanto, el Papa nos está invitando a salir de nuestro egoísmo y ayudar a los otros también a curar sus dolores, mediante el ejercicio de la caridad.

Concluyo que el sufrimiento no debe provocar compasión, sino movernos a la vivencia del amor, para lograr transformar el mundo en una civilización de amor.