Esta constitución del Concilio Vaticano II, en el segundo capítulo titulado “El sacrosanto misterio de la Eucaristía”, nos habla principalmente del misterio pascual y del cómo debe de ser la participación de los fieles en dicha celebración. Posteriormente nos habla sobre puntos específicos concernientes a la liturgia de dicha celebración.

La institución de la Eucaristía fue uno de los regalos que Jesucristo nos dejó en la última cena, lo hizo para perpetuar su santo sacrificio hasta su venida. Los fieles participantes en la celebración deberán hacerlo no como personas ajenas a ella, sino que deberán participar “consciente, piadosa y activamente”[1]. Como toda la asamblea presente es la que celebra y no solamente el sacerdote, todos estamos llamados a ofrecernos en la celebración a ejemplo de Jesucristo.

Motiva el Concilio a una mayor apertura a la Sagrada Escritura, para darle una importancia mayor a la Liturgia de la Palabra, a fin de que los participantes se nutran del río de agua viva que es la Palabra de Dios. Si de por si la sola lectura de la Sagrada Escritura tiene un poder de conversión, la homilía se recomienda para instruir a la comunidad en las normas de la vida cristiana.

En el santo sacrificio podemos pedir e interceder por los vivos y difuntos, es por eso que se restableció la oración de los fieles para unirnos en oración unos por otros. Si hablamos de que la Iglesia necesita tener una mayor apertura, es necesario que se celebren las misas en lengua vernácula para que la asamblea tenga una mejor participación.

Para que se tenga una participación más perfecta, deberá haber una conciencia de la importancia de recibir la comunión por parte de los fieles. Se deberá hacer conciencia también de la imperante necesidad de que los fieles participen en la misa entera todos los domingos y fiestas de precepto. Finalmente, este capítulo de la constitución lo dedica a la concelebración donde se muestra la unidad del sacerdocio, y marca los momentos en que ésta es adecuada.

Esta parte de la constitución me deja una enseñanza práctica del cómo debo participar en la celebración eucarística, de la conciencia que debo tomar al celebrar el santo sacrificio y de la importancia que tiene el cómo celebrar. Me deja claro también la necesidad que tienen los pastores de las almas de catequizar a los fieles, para que por medio de esta catequesis sean instruidos y motivados a vivir dignamente dicha celebración. Igualmente me motiva como cristiano y futuro sacerdote a vivir intensamente el santo sacrificio.

Considero que el hilo conducto de este capítulo de la constitución es la creación de conciencia en la participación cuidadosa y activa que uno debe tener al celebrar la Eucaristía.

[1] SC 48.