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¿Realmente podemos alcanzar la pureza de alma y cuerpo?

Muchos jóvenes se preguntan si es posible alcanza la pureza del alma y del cuerpo. En ocasiones se pudiera llegar a caer en el error de creer que es algo utópico e imposible, pero no es así. Hoy, que estamos celebrando la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, descubrimos que ella intercede por nosotros para que podamos ser puros y llevemos una vida santa. 

El celebrar la Inmaculada Concepción de María es reconocer que, desde el primer instante de su vida, en el momento en el que fue concebida la Virgen María, por una gracia derivada anticipadamente de la muerte de su Hijo Jesucristo, fue preservada de todo pecado.

En 1858 ella misma se presentó de tal manera en la aparición de Lourdes cuando dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Este dogma sobre la Santísima Virgen María quedó establecido como tal el 8 de Diciembre de 1854 en la Bula Ineffabilis Deus por el Papa Pio IX. En el Evangelio de hoy, tomado de Lc 1, 26-38, vemos al Ángel que va y le anuncia a María la noticia de que será la Madre del Salvador.

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María. Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y Él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”.

María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó: “Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.

Alguien pudiera, entonces pensar, pero cómo puedo yo ser puro de alma y cuerpo si no nací libre de pecado, si no soy inmaculado. Bueno, pues quiero ofrecerte tres aspectos muy importantes de la Virgen en donde encontrarás luz:

María fue la primer Sagrario viviente que llevó a Jesús en su seno:

Para poder llevarlo debía ser pura, sin mancha… su corazón totalmente puro esperaba al Salvador del mundo, al redentor de toda la humanidad. Esto nos enseña que, aunque nosotros no fuimos concebidos sin pecado, sí estamos llamados a purificarnos a través de la Gracia de Dios que se nos da en los sacramentos, a fin de que también nuestro corazón esté libre de pecado y pueda ser también una morada digna del Señor. 

Por eso, para poder alcanzar esa pureza de alma y de cuerpo, necesitamos vivir constantemente en la Gracia de Dios, esforzarnos conscientemente por erradicar el pecado de nuestra vida y alejarnos, lo antes posible, de toda tentación.

En la segunda lectura de hoy: Ef 1, 4 San Pablo nos dice: “Él nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos, por el amor”.

Es este recordatorio que Dios nos ha llamado a la santidad, y de que siempre Dios nos ha estado llamando a vivir una vida santa y libre de todo pecado. Es regalo personal de Dios para nosotros, que cada vez que nos acercamos a su Gracia renovamos ese proyecto de amor que tiene para cada uno de nosotros.

Dios no nos eligió para llevar una vida desordenada, sino una vida santa, y para ello ya nos ha dado a cada uno las gracias necesarias para llevar a cabo esta santidad que Él quiere de nosotros, no dudes de ti, todos estamos llamados a ser santos y sí que podemos.

Dios siempre respeta nuestra libertad:

María se nos muestra disponible para la Obra de Dios. En las palabras que ella pronuncia de “Hágase en mí según tu Palabra”, descubrimos esa apertura al plan de Dios. Dios nunca nos va a forzar, desde luego que se alegra con nosotros cuando le abrimos el corazón, y de hecho, es lo que más anhela, que en este Adviento estemos dispuestos y disponibles a recibir su Gracia, pero Él nunca nos forzará a nada.

Pidámosle al Señor, hoy que recordamos a la Inmaculada Concepción de María, nos conceda dos cosas: dejarnos purificar por su Gracia y que nos ayude a liberarnos de todos los obstáculos que no nos permiten estar disponibles para realizar su Obra y ser santos e irreprochables por el amor.

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