Todos hemos tenido en algún momento de nuestra vida, de nuestra vocación o de nuestro trabajo el mal pensamiento de querer tirar la toalla, de querer darnos por vencidos o de querer abandonar lo comenzado por las dificultades que se nos presentan. Pero hoy, el Señor nos traerá una promesa de alegría para que no volvamos a caminar cabizbajos en la vida, y nos dice dónde se encuentra esa fuente de alegría, estar con Él.

En la primera lectura de hoy de Is 65, 17-21 se nos narra la promesa que Dios le hace al pueblo que acaba de regresar del destierro de Babilonia, y les dice:

“Voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva; ya no recordaré lo pasado, lo olvidaré de corazón. Se llenarán ustedes de gozo y de perpetua alegría por lo que voy a crear: convertiré a Jerusalén en júbilo y a mi pueblo en alegría. Ya no se oirán en ella gemidos ni llantos”.

Es la promesa que el Señor le hace al pueblo, los sufrimientos pasados serán sólo, un recuerdo lejano.

Hoy el Señor también nos conforta a nosotros, porque la promesa al pueblo es la misma promesa que nos hace a nosotros, una nueva creación en donde todo será alegría, fertilidad en los campos, felicidad en las personas. Pero para que esto sea posible, para que nuestra vida sea nueva, para que deje atrás el mal, la enfermedad, el pecado, necesitamos creer en el poder real de Jesús, tal como lo hizo el funcionario real que hoy nos narra el Evangelio de Jn 4, 43-54.

En Caná de Galilea, donde Jesús había realizado el primer milagro. Un funcionario real va a visitar a Jesús para pedirle la curación de su hijo, Jesús lo interpeló diciéndole que “Si no ven ustedes señales y prodigios, no creen”. Pero el funcionario del rey insistió: “Señor, ven antes de que mi muchachito muera”, y vemos que Jesús lo contestó: “Vete, tu hijo ya está sano”.

Jesús, al igual que al hijo de este funcionario real, quiere devolvernos la salud de una manera integral, tanto en el cuerpo como en nuestra alma, quiere liberarnos de toda tristeza, de cualquier esclavitud. Además, quiere también perdonarnos cualquier falta, quiere que dejemos esa vida de destierro que nosotros solos nos hemos impuesto y volvamos a la vida de felicidad en la gracia.

Pero para que esto sea posible necesitamos de la fe. El encuentro con Cristo es fuente de vida y de alegría. Muchas veces nos olvidamos de Dios cuando la vida nos sonríe y nos acordamos de él cuando las cosas nos salen mal. Pero Dios es mucho más que un remiendo en nuestra vida, Él debe ser el centro de nuestra vida, para que actúe y le dé sentido a toda nuestra existencia.

Dios puede transformar toda nuestra existencia, puede dejar atrás toda nuestra vida de soledad, tristeza y amargura, tal como lo decía el Profeta Isaías: “se llenarán de gozo y de perpetua alegría”, pero para esto necesitamos volver a la casa del Padre, necesitamos regresar al primer amor, necesitamos tener fe en Cristo Jesús, necesitamos dejarnos recrear por la gracia de Dios.

Me llama la atención que, en el relato del milagro del hijo del funcionario real, al final de éste, se menciona que, una vez que se obró el milagro, el funcionario regresó a su casa, y “creyó él junto con toda su familia”. Qué importante es que nuestro acercamiento a Dios cambie nuestras familias y con ello también seamos testimonio para otros.

Decía San Juan Pablo II:

La familia que ha recibido la fe, la familia verdaderamente cristiana se proyecta, por así decirlo, para llevar a los otros y a las otras familias la fe que posee por gracia de Dios. La familia cristiana se pone en actitud de evangelizar, es por sí misma misionera.