Samuel era un buen muchacho que fue llevado al templo para servir de acólito; y lo hacía con diligencia, pero sin tener experiencia de Dios. Para él era válida también la afirmación de que “en aquel tiempo era rara la palabra de Dios”.

Sin embargo, Samuel, que respetaba reverentemente a Elí, estuvo dispuesto a levantarse hasta tres veces de noche para atenderle, al escuchar aquellas misteriosas llamadas. Tenía un fondo de prontitud, de disponibilidad. Tal vez, no rezaba mucho, pero a través de las mediaciones religiosas de su familia conservaba un gran sentido de Dios y de la autoridad. Por eso estuvo dispuesto a repetir una frase, que Elí le sugirió: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

Es singular la fuerza de esa expresión. Samuel la recibió de Elí, que a su vez la había recibido de la tradición religiosa de Israel: Habla (es Dios quien habla), tu siervo escucha (el hombre es ante todo, escucha). Es una frase muy breve que describe el núcleo de la antropología teológica: el hombre es escucha de una palabra que Dios pronuncia.

De este modo Samuel pasa de una experiencia buena, de servicio, a una profunda conciencia del misterio del diálogo entre el hombre y Dios. El hombre es acogida y Dios es iniciativa, palabra, comunicación de sí mismo. Es el misterio de la vocación.

El texto que nos narra su vocación nos habla que la voz de Dios no siempre es inmediatamente reconocible. Sin embargo, otros más experimentados, como es el caso del sacerdote Elí, pueden ayudar a descubrirla. Lo importante es permanecer a la escucha de la Palabra de Dios, ya que Dios prefiere comunicarse en la tranquilidad del silencio.

Cuando llevamos muchos ruidos en nuestro interior, producto del miedo, la desesperación, la ansiedad o la desconfianza, será imposible escuchar al Señor que nos llama, y si lo escuchamos, puede que no estemos capacitados para reconocerlo.

Debemos también ver cómo Samuel va entendiendo la llamada poco a poco, cada vez más claramente. En el episodio nocturno, Samuel recibió la llamada no cuando estaba rezando, sino cuando estaba durmiendo. Antes no había mostrado ni deseo ni especial interés por buscar a Dios. Pero Él se le adelanta e insiste en llamarle. Sólo a la tercera vez, Samuel se dará cuenta de que se trata de Dios. Esto nos deja claro que la llamada de Dios siempre es iniciativa de Él que llama cuando quiere y a quien quiere.

En las tres llamadas que Dios le hace a Samuel  me llama mucho la atención cómo obra Dios, que no se da por vencido, cuando pone los ojos en nosotros, es paciente en el llamado, el cual lo va revelando poco a poco. Nunca olvidemos que quien llama es Dios mismo con su Palabra misteriosa y repetida. En la historia de Samuel, la iniciativa de Dios ocupa siempre el primer plano. Dios puede y quiere manifestarse inmediatamente al hombre. Y hoy puede que se te quiera manifestar a ti, pero por estar tan ocupado en el interior, por traer tantos ruidos, por estar lejos o dormido, puede que no lo escuches o lo reconozcas.