Todos tenemos nuestros defectos e imperfecciones, pero hoy se nos narra que a Jesús eso no le importa para llamarnos, sino únicamente un corazón dispuesto y generoso para dejarlo a Él hacer su obra en nosotros. Además, Dios nos llama siempre a un plan hermoso, aunque a veces no podamos reconocerlo. Hoy escuchamos la conversión de San Pablo, un hombre, que, en su origen, fue perseguidor encarnizado de la Iglesia, hasta dar su vida por Cristo y por el Evangelio.

Lo que sabemos de la conversión de Pablo es que éste se dirigía a Damasco para agarrar a personas que siguieran la doctrina de Cristo, apresarlos y hacerlos renegar de su fe. Pero en ese camino a la ciudad, Jesús le salió al encuentro y lo tumba del caballo. El texto de los Hch 9, 1-20 dice así:

En aquellos días, Saulo, amenazando todavía de muerte a los discípulos del Señor, fue a ver al sumo sacerdote y le pidió, para las sinagogas de Damasco, cartas que lo autorizaran para traer presos a Jerusalén a todos aquellos hombres y mujeres que seguían la nueva doctrina. Pero sucedió que, cuando se aproximaba a Damasco, una luz del cielo lo envolvió de repente con su resplandor. Cayó por tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Preguntó él: “¿Quién eres, Señor?”. La respuesta fue: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate. Entra en la ciudad y ahí se te dirá lo que tienes que hacer”.

Los hombres que lo acompañaban en el viaje se habían detenido, mudos de asombro, pues oyeron la voz, pero no vieron a nadie. Saulo se levantó del suelo, y aunque tenía abiertos los ojos, no podía ver. Lo llevaron de la mano hasta Damasco y ahí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber. Había en Damasco un discípulo que se llamaba Ananías, a quien se le apareció el Señor y le dijo: “Ananías”. Él respondió: “Aquí estoy, Señor”. El Señor le dijo: “Ve a la calle principal y busca en casa de Judas a un hombre de Tarso, llamado Saulo, que está orando”. Saulo tuvo también la visión de un hombre llamado Ananías, que entraba y le imponía las manos para que recobrara la vista. Ananías contestó: “Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus eles en Jerusalén. Además, trae autorización de los sumos sacerdotes para poner presos a todos los que invocan tu nombre”. Pero el Señor le dijo: “No importa. Tú ve allá, porque yo lo he escogido como instrumento, para que me dé a conocer a las naciones, a los reyes y a los hijos de Israel.

Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi causa”. Ananías fue allá, entró en la casa, le impuso las manos a Saulo y le dijo: “Saulo, hermano, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me envía para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo”. Al instante, algo como escamas se le desprendió de los ojos y recobró la vista. Se levantó y lo bautizaron. Luego comió y recuperó las fuerzas. Se quedó unos días con los discípulos en Damasco y se puso a predicar en las sinagogas, afirmando que Jesús era el Hijo de Dios.

Dios siempre nos sorprende en su manera de actuar, ya que pudiera parecer impensable escoger como apóstol a quien ha sido un perseguidor violento. Pero recordemos que Dios nunca mira el exterior de las personas, sino siempre mira el corazón y en Pablo descubrió un corazón generoso y valiente. La elección que Jesús hace de Pablo tiene éxito, por así decirlo, ya que también Pablo da una respuesta decidida de su parte.

Pero ¿Quién era Pablo antes de su conversión? Bueno, él era de familia muy creyente y religiosamente hablando, muy comprometidos. Pablo conoce tres culturas y tiene contacto con cada una de ellas. Es de origen judío, pero vive fuera de Jerusalén, en la diáspora. Además, su maestro Gamaliel lo llevó muy lejos con su ejemplo y su guía. Recordemos que era un hombre muy trabajador en su oficio y decidido en lo que hacía, pudiéramos decir que era trabajador, responsable, aguerrido, sincero, apasionado, dedicado y todo un atleta.  

Recordar lo que le sucede a Pablo nos debe llenar el corazón de esperanza, porque cuántos padres o madres viven desesperados por las situaciones de sus hogares o de sus hijos, pensando que nunca cambiarán o que ya han echado a perder sus vidas. Hoy, el Señor nos recuerda que para Él nada es imposible, ya que las cosas pueden tomar un rumbo distinto y las personas también tienen siempre la posibilidad de cambiar.

Cuando Pablo es tumbado del caballo quedó ciego durante tres días, luego llegó Ananías, por mandato del mismo Jesús, le impuso las manos y fue recobrando la vista poco a poco. La conversión conlleva este proceso en el que se nos caen las vendas de los ojos, ya que muchas veces nos encontramos ciegos por el pecado, con una oscuridad interior que no logramos vencer o derribar, pero el Señor nos ayuda con la fuerza del Espíritu Santo y con la cooperación de los demás. Ananías se resistía a ir con Saulo, ya que lo conocía y sabía lo que había hecho contra la Iglesia, pero al final de cuentas, Ananías es obediente, confía en el Señor y acude con Saulo y lo bautiza.

Este relato nos quiere enseñar tres cosas:

Dios siempre tiene esperanza en nosotros, siempre nos dará oportunidades de conversión, sin importar cuánto lo hemos perseguido o qué hemos hecho. Él nos ama, confía en nosotros y siempre nos llama a seguirlo de cerca. Jesús mismo le da un voto de confianza a Pablo, a pesar de su conducta pasada ¿Nosotros estaríamos dispuestos a dar ese mismo voto de confianza a los demás?

Pablo sabe responder con generosidad y prontitud a la llamada que el Señor le hace al cambio ¿Nosotros queremos y estamos dispuestos a ese cambio, aunque nos implique abandonarlo todo y comenzar de cero?

El Señor nos invita a vivir como una verdadera Iglesia, es decir, que tengamos un corazón misericordioso con todos, incluso con los alejados y los perseguidores ¿estaríamos dispuestos a acoger a todos para que se les puedan caer las escamas de los ojos como le pasó a Pablo con Ananías?