Todos estamos llamados a la santidad, pero en el camino, podemos caer en la tentación del desánimo cuando vemos algún anti testimonio. Golpea mucho cuando vemos a un sacerdote dando mal ejemplo porque no vive lo que predica, o a un papá que no es coherente con lo que enseña a sus hijos.

Todos podemos y debemos ser santos, pero también todos estamos en el riesgo de la incoherencia de vida. ¿Qué debemos de hacer ante esto? ¿Cómo podemos combatir y salir victoriosos en la lucha?

Quiero tomar el ejemplo de San Gregorio Nacianceno, quien fue ordenado sacerdote, después de un largo proceso de discernimiento personal, ya que le tocó vivir en un tiempo donde había muchos escándalos, entre ellos, había una pugna entre la ortodoxia y la libertad, además le tocó vivir fuertes crisis sacerdotales entre sus compañeros y, por si fuera poco, fue testigo de las constantes luchas de poder y de búsqueda de puestos.

Esto, para San Gregorio, era desgastante, a tal grado que no se quería ordenar sacerdote por las situaciones que veía en la sociedad y en el mismo presbiterio. Esto lo llevó a unirse más a Cristo y, entre más cerca se encontraba con Él a través de la oración, su esperanza se fortalecía hasta darse cuenta de que huir no era la solución. Dios lo había llamado y tenía una misión que descubrir.

Llegó a la conclusión de que la única forma de devolver la verdadera imagen del sacerdocio, era a través de la entrega sincera y desmedida en el testimonio de una vida de santidad. Era consciente de que, lo único que podía reparar por los malos testimonios existentes, era el testimonio de caridad y la santidad de vida.

Esto nos enseña a que no debemos desmotivarnos por el mal que vemos a nuestro alrededor, no podemos dejar que el demonio nos quite la esperanza. Podemos ver muchos malos ejemplos en los sacerdotes o consagrados, en las familias, en los matrimonios, en el trabajo, en la política, etc. Pero no debemos desanimarnos, porque de ser así, ya el demonio nos estaría venciendo.

Tampoco debemos excusarnos para no hacer lo que nos toca. Lo más seguro es que Dios, providencialmente, nos pone en esos ambientes para contrarrestar el mal a fuerza de bien. Estamos llamados a ser testigos de su amor en el mundo, por ello debemos aspirar a la santidad de vida, ya que esto es lo único que puede devolver la esperanza al mundo.