Debo confesar que el testimonio de vida de la Madre Teresa de Calcuta me ha impresionado siempre. Algunas de las cosas que me motivan de ella son: su disponibilidad para descubrir el plan de Dios en su vida, su generosidad para entregarse totalmente al servicio de los pobres y su amor radical para entregarse aún en medio de las pruebas y dificultades que experimentó en su vocación.

¿De dónde sacaba fuerzas para hacer todo esto? ¿Dónde estaba la fuente de amor para entregarse de tal manera en sus labores? Sin lugar a duda de Cristo, de ese encuentro diario con Jesús Eucaristía. Hoy en la 1Jn 4, 7-10, el apóstol nos da esta respuesta:

Queridos hijos: Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. El amor que Dios nos tiene se ha manifestado en que envió al mundo a su Hijo unigénito, para que vivamos por él. El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados.

Por supuesto que el Señor nos invita a vivir en el amor verdadero, pero éste proviene de Dios, ya que Dios es la fuente del amor. Me gusta mucho esta definición de amor que encontramos en la lectura de hoy: “El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados”.

Esto nos lleva a descubrir que Dios está totalmente enamorado de nosotros. ¿Cuál es la consecuencia de vivir en ese amor que Dios nos da? Pues que viviremos en el servicio a los demás y nos preocuparemos por todas las personas que pasan necesidad. En el Evangelio de hoy escuchamos la multiplicación de panes que Jesús realizó porque sintió compasión de toda la gente que había ido a verlo y escuchado. Eran más de cinco mil personas.

Cuando Jesús les dijo a los discípulos que ellos les dieran de comer a toda la gente, ellos angustiados se preguntaban cómo podrían hacerlo si no tenían dinero. Pero Jesús les preguntó qué era lo que tenían y ellos pusieron los cinco panes y los dos pescados que traían. Únicamente con eso, Jesús obró el milagro y dio de comer a toda esa gente y aún sobraron 12 canastos llenos.

Esto nos deja claro la invitación que se nos hace a la generosidad de vida. Debemos reconocer que la ambición y la avaricia dividen y lastiman, mientras que el amor congrega, une, sana y construye. Aquellos discípulos se preguntan cómo podrían alimentar a tanta gente con tan pocos panes y pescados, pero ello lo pensaban según sus categorías humanas. Jesús les invita a poner todo lo que tienen, sea poco o mucho, y así, él lo multiplica para los demás. Así también, cada uno de nosotros, debemos poner todos los dones que Dios nos ha dado al servicio de los demás, no debemos intentar sólo acaparar o sólo acumular.

Lo anterior aplica para los dones que Dios nos ha dado, pero también para las cosas materiales. Jesús nos invita a compartir lo que tenemos con nuestros hermanos, a no acumular desmedidamente bienes, sino a compartirlos, ya que únicamente compartiéndolos es como se obra el milagro de la multiplicación. Debemos rescatar el valor de la fraternidad y la solidaridad, del compartir lo que tenemos. Dios, por el amor que nos tiene, se ha dado en su totalidad, se desgastó en vida hasta entregarse en la cruz por salvarnos y darnos vida eterna.

Así que si seguimos preguntándonos de dónde sacaba la Madre Teresa de Calcuta amor, fuerzas, energía y generosidad para darse a los demás, la respuesta está en ese encuentro con el amor de Dios que la llenaba y le hacía darse por completo a los demás. Supo donar totalmente sus cinco panes y sus dos pescados para todos los pobres y enfermos que se encontraba y Jesús multiplicaba sus dones.

¿Seremos generosos para que Dios use nuestras capacidades?