¿Te quejas por lo que te falta? ¿Reniegas siempre por lo que no tienes? Hoy te invito a reflexionar en qué tan generoso has sido en toda tu vida. Ya que cuando no hay generosidad en nuestro corazón, cuando no compartimos lo que somos y lo que tenemos, siempre estaremos más preocupados en lo que nos falta que en lo que ya tenemos. Cuando no somos generosos no nos alcanza con lo que tenemos, ya que Dios que multiplicó panes en favor de multitudes, también multiplica lo que tenemos cuando somos generosos.

Hoy estoy muy contento, porque en mi Diócesis celebramos la fiesta de varios santos mártires mexicanos, la de San Cristobal Magallanes y sus compañeros mártires. Su testimonio de entrega y fidelidad a Cristo, a pesar de la persecución y de la cruz, nos invita a entregarnos generosamente en nuestra vida y a ser fieles al llamado de Cristo.

Leamos la carta de San Pablo a Rm 8, 31-35. 37-39:

Hermanos: Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? El que no nos escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Si Dios mismo es quien los perdona, ¿quién será el que los condene? ¿Acaso Jesucristo, que murió, resucitó y está a la derecha de Dios para interceder por nosotros?

¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo? ¿Las tribulaciones? ¿Las angustias? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada? Ciertamente de todo esto salimos más que victoriosos, gracias a aquel que nos ha amado; pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni el presente ni el futuro, ni los poderes de este mundo, ni lo alto ni lo bajo, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús.

Muchas veces llevamos el corazón lleno de preocupaciones y situaciones que nos quitan por completo la paz, pero cuando Cristo es el centro de nuestra vida, cuando nos alimentamos de su Palabra y cuando nos fortalecemos con la Eucaristía, llegarán los tormentos, las pruebas, las dificultades, y entonces sí podremos perseverar.

Los santos mártires fueron capaces de perseverar en la lucha, pasaron grandes tribulaciones, cruentas persecuciones, pero jamás flaquearon en su fe, gracias al amor que habían experimentado de Dios y que lo actualizaban todos los días en su contacto con Dios. Nosotros, a cambio, a veces experimentamos una pequeña tribulación y la fe se nos viene para abajo, culpamos a Dios de nuestros males, nos enojamos con Él y nos apartamos de lo único que nos ayuda verdaderamente, estar cerca de Dios.

Por su parte, en el Evangelio de hoy de Jn 12, 24-26 escuchamos que

Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna. El que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre”.

¿Qué quiere decir esto de dejar que el trigo muera para que dé fruto? Debemos desprendernos del egoísmo que hay en nuestro corazón, debemos atrevernos a salir de nuestras zonas de confort para poder dejar hacer a Cristo su Obra en nosotros. Los mártires supieron renunciar a su egoísmo, a su afán de ser aplaudidos, a su afán de ser reconocidos; dejando que la Voluntad de Dios se manifestara en el martirio que Él mismo les pedía.
Escuchamos esto y hasta nos emocionamos y nos surge el deseo de querer ser mártires, pero hay que tener en cuenta de que el martirio NO se improvisa, sino que se va preparando todos los días, a través de una entrega cotidiana de amor.

El Papa Francisco les decía a los jóvenes en Río de Janeiro:

“Queridos jóvenes, no vinimos a este mundo a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella. Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella”.

Y precisamente para poder dejar huella y sembrar con abundancia y generosidad debemos morir a nuestro egoísmo. Si el grano de trigo no muere, queda infecundo. Qué triste sería que muriéramos y nos presentáramos al Señor y Él nos dijera: “fuiste tan egoísta y tu mirada estuvo tan dirigida únicamente a ti que no diste ningún fruto”.

El mártir es que el que entrega su vida en testimonio de Cristo. Nuestros santos mártires, a quienes el Señor les concedió este gran regalo como coronación de una vida santa y virtuosa, muy bien dieron este testimonio, pues con su sangre han rubricado el amor por Cristo y por la Iglesia, siendo testigos, hasta la muerte, de que han conocido y amado a Jesucristo el Señor. ¿Acaso podrá alguno dar la vida por alguien que no ama o no conoce? Difícilmente, ya que sólo quien conoce y ama a Dios, sólo quien lo ha experimentado y lo ha sentido presente, actuante y operante en su propia historia, es capaz de dar la vida por Él. ¿Ya estarías tú dispuesto a dar tu vida por Él?

Debemos pues saber renunciar y desprendernos a todas las banalidades que este mundo nos presenta y saber optar por los bienes que Dios nos presenta. Si no somos capaces de negarnos, desprendernos y renunciar en las cosas pequeñas de todos los días, será imposible renunciar a las más grandes, lo cual nos llevará a una vida de esterilidad y sin frutos.