Muchas veces nos hemos quejado del cómo está nuestra sociedad, de la inseguridad en nuestra nación, etc. Somos buenísimos para culpar a otros y muy astutos para librarnos de la responsabilidad que nos toca.

Hoy la primera lectura, tomada de los Hch 9, 31-42, comienza recordándonos lo siguiente: “En aquellos días, las comunidades cristianas gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria, con lo cual se iban consolidando, progresaban en la fidelidad a Dios y se multiplicaban, animadas por el Espíritu Santo”. Hoy pudiéramos decir que las situaciones que vivimos en nuestras comunidades cristianas ya no es la misma, hoy descubrimos que hace falta mucho la paz, y la falta de paz es la consecuencia de que vivimos en una sociedad que ha querido sacar a Dios de la vida.

En esta misma lectura, vemos cómo los apóstoles hacían el bien y buscaban la salud de alma y cuerpo de las personas. Estamos invitados a ser rostros de Misericordia, y para eso, estamos, hoy más que nunca, necesitados de abrirle el corazón a Dios de una manera personal, libre y consciente; pero también debemos hacer como pueblo, como nación, como Iglesia y como sociedad.

Cuando hemos querido expulsar a Dios de nuestras vidas y de nuestros ambientes, esto es lo que sucede, comienza la violencia y la lucha de intereses. Todo esto se debe a un rechazo directo a Dios y a su amor, ya que hemos dejado endurecer nuestros corazones.

El Evangelio del día de hoy, tomado de Jn 6, 60-69, nos narra que de entre los muchos que seguían a Jesús se echaron para atrás, porque fueron incapaces de comprender y vivir de lo que hace unos días les venía hablando. No pudieron comprender y aceptar el discurso sobre el pan de vida. Gracias a Dios que sus apóstoles lo comprendieron y lo vivieron cabalmente.

Deberíamos estar felices y agradecidos porque Jesús nos recuerda el más preciado tesoro que nos ha dejado, su propia vida como alimento. En ese discurso del pan de vida, Jesús enfatizaba que no ha venido a este mundo a dar algo, sino a darse a sí mismo, como alimento para los que tienen fe en Él.

Desgraciadamente, muchas veces tenemos tanta necesidad interior de amor, de reconocimiento, de afectos, que andamos literalmente rogando y mendigando el amor en las creaturas; pero el Señor se nos da por completo y nos invita a imitarlo, a que seamos generosos en la entrega de nuestra vida para con los demás, a que también nosotros seamos un pan partido para con todos con nuestras actitudes.

Cuando nosotros recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo en estado de gracia, es decir, bien confesados, con un espíritu de arrepentimiento, con un espíritu de piedad, con sentido de lo que estamos haciendo… esto produce en nosotros un cambio interior, ya que nos transforma, nos hace capaces de amar según el mismo Cristo ya que es a Él mismo a quien recibimos.

Pero con tanta violencia de la que estamos siendo testigos, yo pregunto: ¿De qué nos estamos alimentando? Por supuesto que la respuesta sería de odio, resentimientos, rencillas, corajes, etc. Esto demuestra que hace falta darle cabida a Dios en nuestros corazones, ya que si el amor, el perdón, el arrepentimiento y todo aquello que nos lleva a un cambio verdadero de vida estuviera dentro de nosotros, no estaríamos viviendo todo esto. Y ¿cómo alimentarnos de todo esto? Ya lo dijo el Señor, Él es el alimento que da la vida, no hay otro.

Pudiéramos ser muy buenos culpando y señalando a muchos, por ejemplo, que el Gobierno corrupto que no hace nada, que los Sacerdotes que no se entregan, que los maestros que no se preparan, etc. Pero la realidad es que toda esta violencia se va gestando desde el interior de la familia y desde el seno de cada hogar. Hasta que no dejemos de ser una sociedad en donde cada familia se preocupe por vivir en ambientes de paz y de amor, no vendrá ningún cambio.

El mundo cambia, la sociedad cambia y la Iglesia cambia; si es que cambio yo. El cambio comienza en nuestro corazón y en nuestra familia. Pidámosle hoy a Jesús que nos haga enamorarnos nuevamente de Él, regresémosle el centro de nuestra vida que lo hemos puesto en otras cosas y vicios, ya que nuestra hambre y nuestra sed se sacian únicamente en Cristo Jesús, y Él viene a nosotros en la Eucaristía.

Cuando se vive una vida sin compromiso, sin entrega y sin caridad… cuando lo único que me mueve es el placer, el poder, la fama o el dinero… siempre habrá vacíos profundos que no me den plenitud, ya que el único capaz de llenar nuestro interior es Cristo. Él mismo lo ha dicho: “Yo soy el pan de la vida”. Él es el único que nos puede alimentar y darnos sentido.