Es muy fácil quejarnos constantemente de las situaciones que no nos gustan a nuestro alrededor, pero cuesta más trabajo implicarnos personalmente en el cambio que exigimos de los demás. Yo creo que la raíz de tantos problemas en nuestro mundo, muchas veces, es por nuestra nefasta actitud de exigir más de los otros, pero no nos exigimos nada a nosotros mismos.

Decía Fray Luis de Granada que los hombres deberíamos tener “para con Dios un corazón de hijos, para con los hombres un corazón de madre, y para con nosotros mismos un corazón de juez”. Quisiera compartirles la siguiente reflexión de José Luis Martín Descalzo acerca de este consejo de Fray Luis de Granada.

Martín Descalzo dice que es algo muy importante, pero que solemos cumplir exactamente al revés, porque se tiene para con Dios un corazón de siervos lejanos, para con todos los demás, un corazón de un duro juez y para con nosotros, un corazón de madre chiqueona que lo perdona todo. Esto no nos lleva a un compromiso real y hace que sólo nos quejemos de todo lo que otros hacen mal.

El primer error está en tener para con Dios un corazón lejano, ya que para con Dios debemos favorecer una relación cercana de amor, siendo conscientes de que Él es un Padre amoroso. Muchas veces tenemos una concepción errónea en nuestra vida de ese Dios bueno, ya que se crean falsas imágenes de Dios, por ejemplo, cuando se le ve como un juez justiciero, malévolo y lejano; en lugar de verlo como un Padre amoroso y cercano.

Dios, claro que es exigente, pero ante todo es Padre, es decir, un amigo cercano, generoso, amoroso, estimulador y abierto siempre al perdón y la misericordia. El segundo error está en ver a nuestros hermanos con la escopeta de la crítica, lista para ver sus defectos, errores y pecados, pero jamás sus virtudes. Somos jueces duros, más amantes de aplicar fríamente la ley, que de tratar de comprenderlos y amarlos. Nosotros solos nos hemos atribuido esa función de jueces, que, por cierto, nadie nos la ha asignado.

Finalmente, el último error está en que somos buenísimos para disculpar y justificar nuestros errores. Tenemos una sutil capacidad para maquillar nuestros errores y auto justificar nuestras faltas graves. No nos equivoquemos en el orden, debemos aprender a tener “para con Dios un corazón de hijos, para con los hombres un corazón de madre, y para con nosotros mismos un corazón de juez”.