Todos hemos experimentado alguna herida en el corazón, ya sea por alguna ofensa recibida o por un mal trato. Por lo que es muy importante que aprendamos a perdonar, ya que, cuando no lo hacemos, el rencor y el resentimiento nos dañan y nos esclavizan.

La muestra más grande de amor que podemos dar es el perdón, pues es un acto de valientes, en donde se reconoce con humildad su propia imperfección y la de los demás. Además, quien está dispuesto a perdonar, reconoce la necesidad de Dios para poder soltar la ofensa recibida, pues para lo que el mundo es imposible perdonar, para Dios es posible sanar.

Grande ejemplo de perdón nos dio el Papa Juan Pablo II, quien el 13 de mayo de 1981, en la Plaza de San Pedro, sufrió un atentado que casi lo lleva a perder la vida. Lo que conmovió al mundo entero fue su humildad y bondad para visitar en la cárcel y perdonar a su propio su agresor. El Papa siguió el consejo de San Pablo: “Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como Dios los perdonó en Cristo” (Ef 4, 32).

¿Cuántas veces tengo que perdonar? Fue una pregunta que Pedro le hizo a Jesús, pero también nosotros se la hemos hecho. La respuesta que nos da Jesús es concreta, 70 veces 7, que significa siempre. Muchos se cuestionarán si en realidad debemos de perdonar siempre y si eso nos trae paz en el corazón. Por supuesto que sí, ya que el hombre tiene una profunda necesidad emocional y espiritual de perdonar.

Debemos tener siempre en cuenta de que, el perdón no se trata de merecimiento, así como el perdón y el amor son actos de la voluntad, así también, el perdón y el amor, no son premios que se ganan, sino regalos que se ofrecen, aún sin merecerlo. Perdonar tiene muchos beneficios: te hace libre, te sana, te engrandece el corazón, te devuelve la generosidad perdida por el rencor que llevabas y te da la oportunidad de recobrar la salud emocional y espiritual.

Perdonar no es consentir, es decir, el perdón también exige un compromiso sincero de ambas partes de cambiar y aprender de lo sucedido. El hubiera sí existe, y no nos referimos a que podamos regresar el tiempo para hacer diferentes las cosas, sino que podemos reconocer, aprender y transformar lo que sucedió y que puede causar mucho dolor a las personas que más amas.

Mientras el cuchillo está en la herida, ésta seguirá sangrando y nunca cerrará, hace falta retirar el cuchillo de la herida, para que así venga el proceso de curación y sanación. Si no te decides a perdonar la ofensa recibida y no luchas con todas las fuerzas por retirar todo sentimiento de odio, rencor, amargura o venganza, nunca lograrás encontrar la paz y la felicidad.

No olvides que las heridas del alma son como las heridas de la piel, si no se curan, se infectan y, entonces, el daño será mucho mayor. No tengas miedo, perdonar no te hace débil, al contrario, te hace fuerte y te libera. Decídete hoy mismo a perdonar y despréndete de todo aquello que te roba la paz.