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¿No te has cansado de llevar una vida vacía y frustrada?

Si hay una cosa que me entristece mucho es ver cuántos jóvenes llevan vidas fracasadas y frustradas, porque no han explotado al máximo todo el potencial que Dios les ha dado y que los ha capacitado para dar muchos frutos.

Hoy, queridos amigos, en la 1Jn 2, 29-3, 6, se nos recuerda de una manera maravillosa que somos hijos de Dios. Dice San Juan: “Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos”. Ser hijos de Dios no es una devoción, no es un sueño, es una realidad. Una vez que hemos renacido por el agua y el Espíritu, es decir, por medio del bautismo, hemos sido incorporados a la familia de Dios.

Lo anterior me debe calar en lo profundo del corazón, ya que ser consciente de que soy verdaderamente hijo de Dios, me debe llevar a vivir en consecuencia, esto quiere decir, que debo esforzarme por vivir la santidad.

Ser hijos de Dios nos exige no pecar, nos exige vivir la santidad de vida. Y para no pecar, como lo hemos escuchado, necesitamos permanecer en Dios. Él ha venido al mundo y se ha quedado en la Eucaristía para liberarnos del pecado, lo hace cada vez que frecuentamos los sacramentos; pero requiere de nuestra cooperación, ya que nos ha hecho libres y no actuará por encima de nuestra libertad.

Una aplicación muy concreta para llegar a conquistar la santidad es poner totalmente al servicio de todos los hermanos nuestros dones y capacidades que Dios nos ha regalado a cada uno. Muchas veces he dicho que la santidad no se improvisa, sino que es el fruto de una vida de entrega y amor.

Cuenta el padre Javier Fernández que se encontraba en una reunión familiar, en la que se estaba presente San Josemaría Escriba, y con una mirada profunda y amorosa les dijo que se sentía feliz por los hijos que tenía, claro que haciendo referencia a sus hijos espirituales, a sus compañeros de comunidad. Uno de los presentes le dijo: “Claro Padre, de tal palo tal astilla”. Inmediatamente San Josemaría le contestó: “Sí, pero recuerda que el palo es Dios”.

Con esta anécdota se puede explicar este llamado que Dios nos hace a todos a la vida de santidad. El único fundamento y raíz de la santidad es Dios mismo. En el sermón de la montaña, Jesús les dijo a sus discípulos: “Sean, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Estamos llamados a ser santos, como nuestro Padre es santo, porque de tal palo tal astilla.

Nunca olvidemos que por nuestras propias fuerzas o únicamente por nuestros medios, es imposible alcanzar la santidad. Necesitamos abrirnos a Dios, dejar que el Espíritu Santo habite en nosotros, infunda su amor en nuestros corazones, derrame sus dones en nuestras vidas. La santidad no es producto de un anhelo profundo, sino de un esfuerzo cotidiano por dejar que la gracia de Dios me transforme.

No por tener un piano me hago el mejor pianista del mundo, sino por la práctica, la habilidad y la perseverancia en realizar aquello. Igualmente, en la vida del cristiano debemos permanecer en Dios, en su gracia, en la oración y en la práctica constante de la caridad y de las demás virtudes. Esto nos irá transformando y llevando a vivir en la santidad de Dios. La santidad, más que una conquista, es un don que se nos concede, pero nosotros, con nuestras actitudes, debemos demostrar que sí queremos dicho don.

Uno de los obstáculos para la santidad es el miedo. El 22 de Octubre de 1978, cuando iniciaba el pontificado de Juan Pablo II, el Papa dijo unas palabras que dieron la vuelta al mundo: “¡No tengan miedo! ¡Abran las puertas de par en par a Cristo!” Y, aún hoy, muchos jóvenes que sienten el llamado a la santidad, a seguir al Señor de cerca, como sacerdotes o consagrados, o realizando una gran obra de apostolado, son paralizados por el miedo. Esto los lleva a vivir vidas frustradas. También, cuántos adultos, llamados a la vida de santidad y por el miedo a no poder responderle a Dios, le cierran las puertas de su corazón.

Ánimo, hoy Dios nos llama a la vida de santidad. Abramos las puertas de nuestro corazón a la gracia de Dios.

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