Muchas veces pensamos que la Cuaresma es el tiempo más importante de todo el año litúrgico y vivimos enfocados en el sacrificio y la penitencia. No digo que no es importante, claro que sí lo es, pero es mucho más importante aún lo que estamos viviendo, la Pascua. Recordemos que ésta es el paso de la muerte a la vida, la Pascua tiene un poder de transformación tal que cambió totalmente el rumbo de la historia y de toda la humanidad.

Por eso quiero comenzar pidiéndote que no pase pronto la alegría de la Pascua, sino que nos esforcemos por prolongarla todos los días de nuestra vida, que siempre vivamos como verdaderos testigos de la resurrección del Señor. Esto es lo que hoy vamos a escuchar en Mt 28, 8-15, en donde vemos que unas mujeres fueron los primeros testigos de la resurrección de Cristo.

Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús: “No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán”. Mientras las mujeres iban de camino, algunos soldados de la guardia fueron a la ciudad y dieron parte a los sumos sacerdotes de todo lo ocurrido. Estos se reunieron con los ancianos, y juntos acordaron dar una fuerte suma de dinero a los soldados, con estas instrucciones: “Digan: ‘Durante la noche, estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se robaron el cuerpo’. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos arreglaremos con él y les evitaremos cualquier complicación”. Ellos tomaron el dinero y actuaron conforme a las instrucciones recibidas. Esta versión de los soldados se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy.

De este texto me llaman mucho la atención varias cosas, pero quisiera centrarme solamente en tres. La alegría que tienen las mujeres de haber visto el sepulcro abierto, el miedo que se puede presentar como tentación para no dar el mensaje de Cristo, y la corrupción que siempre está presente para que no se difundan las buenas noticias ni se conozca la verdad.

Lo primero, la alegría de aquellas mujeres. Me puedo imaginar perfectamente la aflicción con la que iban aquellas mujeres al sepulcro a seguir acompañando al Señor, pero también me imagino la inmensa alegría al llegar y encontrar el sepulcro abierto y ver aquella pesada piedra en otro lugar. Corren presurosas a compartir la noticia de lo que había sucedido, claro que iban temerosas pero alegres.

¿Qué tanta alegría experimentas en tu corazón para ir a compartir lo que has vivido con el Señor? Porque bien pudiera suceder que al ver lo sucedido se pudieron haber sentido defraudadas, estafadas o engañadas y haberse marchando desilusionadas. Al contrario, van presurosas en la alegría, aunque con un cierto temor humano, pero no dejan de compartir lo que ellas experimentan. Sólo cuando se ha tenido un encuentro vivo y profundo con el Señor, es que se puede compartir con alegría lo que se ha vivido y experimentado.

Segundo, el ángel las anima y les dice que no tengan miedo y vayan a comunicar un mensaje a los discípulos. Cuántas veces por el miedo al qué van a decir, o que me vayan a tachar de loco o fanático, no decimos lo que experimentamos con el Señor. No podemos caer en la tentación del miedo, no podemos dejarnos controlar por el temor, debemos animarnos a compartir el mensaje de la buena noticia.

Finalmente, vemos que se confabulan y sobornan a los soldados para que no digan lo que en verdad sucedió, que incluso mientan inventando que los discípulos se habían robado el cuerpo. Cuánta corrupción vemos en nuestro mundo, son los poderosos los que invierten sus grandes sumas de dinero queriendo comprar mentiras y armando maquinaciones con tal de que su poder no se les termine. Un ejemplo clarísimo es el aborto, en donde a los poderes económicos mundiales les “conviene” que no se sepa la verdad y se paga para que la mentira parezca verdad.

Debemos, pues, ser testigos fieles y valientes de la Resurrección del Señor.