Enciéndete

No juzgues, porque a veces las cosas no son lo que parecen

¿Acaso no te ha pasado que alguien que conoces cambia radicalmente su forma de ser y no entiendes a qué se debe? ¿A cuántas personas has juzgado sólo por sus acciones, sus palabras o sus gestos, sin conocer realmente lo que hay en su interior? Somos muy buenos y rápidos para juzgar, pero malos y lentos para amar y preocuparnos por el interior de las personas. Mira la siguiente historia.

Había un hombre que tenía cuatro hijos y quería que ellos aprendieran a no juzgar las cosas y a las personas tan rápidamente. Entonces se le ocurrió una idea, los envió a cada uno por turnos a ver un árbol de peras que estaba a una gran distancia de la casa pidiéndoles que se fijaran en todos los detalles para contárselos a él un día.

Envió al primer hijo en el invierno, al segundo en la primavera, al tercero en el verano y al más chico en otoño. Cuando ya todos habían ido y regresado, los llamó y juntos les pidió que cada uno describiera el árbol que había visto.

El primero hijo, el que había ido en invierno, mencionó que el árbol era horrible, doblado y retorcido a punto de morir. El segundo hijo dijo que no estaba de acuerdo, que el árbol estaba cubierto con brotes verdes y lleno de promesas. El tercer hijo no estuvo de acuerdo, él dijo que el árbol estaba cargado de flores, que tenía aroma muy dulce y parecía muy hermoso, era la cosa más llena de gracia que jamás había visto. El pequeño de los hijos no estuvo de acuerdo con ninguno de sus hermanos, él dijo que el árbol estaba maduro, lleno de frutos, de vida y de satisfacción.

Entonces el padre explicó a sus hijos que todos tenían la razón, que sí, que todos había visto el mismo árbol pero que cada uno sólo había visto una de las estaciones de la vida del árbol. Y concluyó diciéndoles que no debemos juzgar a un árbol, o a una persona, con sólo ver una de sus temporadas. Que la esencia de lo que es un árbol o una persona sólo se puede medir al final, cuando todas las estaciones han pasado.

Creo que es una historia que ilustra muy bien lo que nos sucede muchas veces en nuestra vida cuando nos desesperamos con facilidad porque las cosas no salen como esperamos, cuando la gente no responde como nosotros queremos, cuando aquellos en quienes confiamos y queríamos cambian drásticamente su forma de ser, etc.

Dos de las virtudes que necesitamos para ser felices son la prudencia y la perseverancia. No podemos darnos por vencidos tan fácilmente, no debemos permitir que el invierno en nuestra vida cambie todo el panorama, porque, de ser así, nos habremos perdido la promesa de la primavera, la belleza del verano y la satisfacción del otoño.

Así como no podemos permitir que la dificultad en una estación destruya el resto, tampoco podemos juzgar la vida de una persona sólo por una estación difícil de su vida, debemos ser prudentes para acercarnos con amor, para que, en lugar de juzgarlo y condenarlo, nos interesemos en ver cómo podemos ayudarlo. No te des por vencido, en las dificultades persevera porque mejores tiempos estarán por venir.

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