Llegar a un buen restaurante y que te atiendan bien, incluso, hospedarte en un excelente hotel y que tengas todas las comodidades, esto a todos nos gusta… pero tener que despojarte de tu egoísmo y renunciar a tus comodidades para ir a servir radicalmente a tus hermanos, no a cualquiera le agrada.

Hoy Jesús nos recalca la actitud de servicio que deben tener sus discípulos y lo hace en el Evangelio de Jn 13, 16-20:

En aquel tiempo, después de lavarles los pies a sus discípulos, Jesús les dijo:
“Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos. No lo digo por todos ustedes, porque yo sé a quiénes he escogido. Pero esto es para que se cumpla el pasaje de la Escritura, que dice: El que comparte mi pan me ha traicionado. Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo soy. Yo les aseguro: el que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”.

Escuchamos el Evangelio que tiene lugar en torno a la Última Cena, en donde Jesús instituye tres regalos importantes: el Sacerdocio, la Eucaristía y la caridad fraterna o servicio. Esta cena la comenzó Jesús con un signo muy importante, el lavatorio de los pies, toda una enseñanza de humildad y servicio para con los demás.

Una vez escuché decir, y no te miento, me agradó mucho, que los Evangelios son toda una carta de amor que Dios nos ha escrito para cada uno de nosotros. Pero hoy, reflexionando acerca de la invitación a vivir en el servicio a todos nuestros hermanos, podría decir que el Evangelio no es un cúmulo de palabras bonitas y elocuentes, sino una llamada profunda al seguimiento de Cristo, a la imitación de todas sus obras y palabras. Hoy, en concreto, la imitación de su actitud de servidor de los demás.

La verdadera felicidad del hombre se encuentra en servir a los demás. Pero ¿qué nos impide ser humildes y servir a los demás? Toda la soberbia que llevamos acumulada en nuestro corazón y el egoísmo que no nos permite más que mirarnos a nosotros mismos. No debemos dejarnos llevar por nuestros conocimientos, nuestra posición social o económica o nuestros puestos; todos debemos ponernos al servicio de los demás.

Me llama la atención que Jesús les da la lección de servicio con ellos mismos. Bien les pudo haber dicho, dejen sus cosas aquí y vamos a salir a dar un paseo, y allá con otras personas haberles dado la lección; pero no, la lección se las dio con ellos mismos. Esto nos enseña a que el amor y el servicio se deben comenzar a vivir con los cercanos, con los que tenemos en casa, con nuestros amigos.

Alguien podría pensar, pero ¿qué caso tendría hacerlo con alguien que me conoce y me puede devolver el favor? Aquí se encuentra precisamente el punto central, con quien me conoce. A veces preferimos hacer la caridad con un extraño, con alguien de la calle, etc. Y está muy bien si hay una recta intención, si de verdad se busca ayudar sin esperar nada a cambio. Pero hoy mi reflexión va en el sentido de que muchas veces no queremos ir a servir a los que me conocen, precisamente por eso, porque me conocen, y pudiera ser vergonzoso, humillante, es como si diera mi brazo a torcer y me desarmara ante quienes tienen ya una imagen de mí.

Podemos ser muy caritativos con los pobres, parecer muy amables y alegres con todos los que me rodean; pero con los que tengo en casa o cercanos, ser indiferente, grosero o egoísta. Un ejemplo, muy caritativo y promuevo obras de beneficencia, pero los padres abandonados, los hijos desatendidos, etc. La caridad y el servicio se comienzan con los que tengo cerca, con los que me conocen.