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¿Los católicos adoramos imágenes?

Veamos qué dice la Biblia

Dios dijo a Moisés:

No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso (Ex 20, 3-5).

Entonces, ¿por qué en nuestras iglesias y casas tenemos imágenes de Jesús, de María, de los santos y de los ángeles? ¿Estamos desobedeciendo a Dios? Vamos a comprenderlo mejor.

Para poder entender mejor este mandamiento debemos situarnos en el tiempo en que el pueblo israelita había sido liberado de la esclavitud de Egipto. En ese tiempo, los demás pueblos paganos adoraban a un sinfín de imágenes e ídolos distintos a Dios. Por lo tanto, Dios pedía de su pueblo la fidelidad total a Él, que es el único Dios vivo y verdadero.

Más adelante, vemos que es Dios mismo quien ordena a Moisés construir algunas imágenes que se evocaban a Él. Tal es el caso de los dos ángeles que se colocarían en los dos extremos superiores del Arca del Alianza (Cf. Ex 25, 18-20). Asimismo, mandó hacer una serpiente de bronce puesta sobre un mástil, para que todo el que fuera mordido por una de las serpientes venenosas al mirarlo quedaría con vida (Cf. Nm 21, 8-9). Estas dos imágenes que Él permitió que se elaboraran, nos irían dando un adelanto de la salvación que vendría con Cristo.

Lo que Dios no acepta es que el hombre ponga su confianza en meros objetos. Esa confianza debe ser sólo para el Dios único y verdadero. Él prohíbe hacer imágenes a su pueblo por el riesgo que tenían de caer en la idolatría como todos los demás pueblos vecinos, que adoraban a muchos ídolos como si fueran dioses. La idolatría, llega en el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de a Dios.

El segundo Concilio de Nicea celebrado en el año 787 hizo legítima la utilización de las imágenes, dejando claro que la veneración a éstas no se dirige a ellas mismas, sino a lo que representan. Por lo tanto, el honor que se rinde a las imágenes sagradas se trata de una veneración de respeto no así una adoración, ya que ésta última sólo pertenece a Dios.

El artículo 2131 del Catecismo de la Iglesia Católica dice:

Fundándose en el misterio del Verbo encarnado, el séptimo Concilio Ecuménico (celebrado en Nicea el año 787), justificó contra los iconoclastas el culto de las sagradas imágenes: las de Cristo, pero también las de la Madre de Dios, de los ángeles y de todos los santos. El Hijo de Dios, al encarnarse, inauguró una nueva “economía” de las imágenes.

Es decir, cuando Dios se hace hombre entre nosotros, se presenta en una forma física, en un cuerpo visible, el de Cristo. Por lo tanto, Dios nos da una imagen de sí mismo a través de su Hijo.

Representar a Cristo en imágenes es completamente permitido, pues representa a Dios mismo. En consecuencia, darle culto a una imagen de Jesús, no es una adoración a la materialidad de la imagen, sino a la Divina Persona que en ella está representada. Lo mismo pasa con las imágenes de la Virgen María, los ángeles y lo santos.

Así, como cada uno de nosotros contamos con fotos de nuestros familiares o amigos y las grandes ciudades cuentan con estatuas de distintos personajes de su historia, no significa que se adoren esas imágenes, sino que sirven para recodarlos y tenerlos presentes, reconocerlos y recordar con gran respeto y cariño lo que ellos significan.

Debemos aprender a diferenciar entre la adoración y la veneración. El Catecismo de la Iglesia Católica dice en el 2097:

Adorar a Dios es reconocer, en el respeto y la sumisión absoluta, la “nada de la criatura”, que sólo existe por Dios (…) es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magnificat, confesando con gratitud que él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (Cf Lc 1, 46-49). La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.

Por tanto, la adoración únicamente es a Dios, no a los hombres, no a la Virgen, no a los santos ni a las imágenes.

Por su parte, la veneración a la Virgen María y a los santos, es reconocer la obra que Dios ha realizado en ellos, es decir, que la veneración que se les da a ellos, no tiene como fin a ellos mismos sino a Dios. Cuando veneramos a un santo, estamos reconociendo que todo lo que ellos recibieron de Dios lo han reflejado en su vida ejerciendo las diferentes virtudes en un grado heroico. Por lo tanto, no es lo mismo la adoración que la veneración. Que quede claro, sólo adoramos a Dios; a la Virgen María y a los santos, los veneramos.   

Estamos seguros que Dios quiere que tengamos esas imágenes de Cristo, de María, los ángeles y lo santos, que nos ayudan a elevar nuestros pensamientos y nuestro corazón al origen de todo que es Él mismo. El único Dios, vivo y verdadero.

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