El afán de dinero es la raíz de todos los males, por eso nuestro país, políticamente hablando, está por los suelos. Hoy San Pablo exhorta fuertemente en la primera carta a 1Tim 6, 2-12, en dónde está lo que verdaderamente cuenta e importa:

Teniendo con qué alimentarnos y con qué vestirnos nos damos por satisfechos. Los que a toda costa quieren hacerse ricos, sucumben a la tentación, caen en las redes del demonio y en muchos afanes inútiles y funestos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se han desviado de la fe y se han visto agobiados por muchas tribulaciones. Tú, en cambio, como hombre de Dios, evita todo eso y lleva una vida de justicia, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre. Lucha en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que has sido llamado y de la que hiciste tan admirable profesión ante numerosos testigos.

Hoy San Pablo nos dice dónde está la raíz de todos los males y es en el dinero. Lo dice muy claro: los que a toda costa quieren hacerse ricos caen en las redes del demonio. ¿Qué ambiciones hay en nuestro interior que nos hacen sucumbir?

Todas las ambiciones que llevamos dentro nos hacen esclavos, ellas nos controlan. Hoy que se nos habla específicamente del dinero, debemos pensar en que éste puede hacer muchas obras buenas, reconocibles; pero cuanto se utiliza para beneficio personal, cuando el dinero es el motor que mueve mi vida, se llegan a cometer atrocidades.

El afán de atesorar nos va quitando la paz y la libertad interior y nos aísla. Ya lo dije, el dinero en sí no es malo, pero sí es muy peligroso porque puede hacernos desviar nuestra mirada de las cosas que verdaderamente importan. Cuántas familias, hermanos y amigos, se han dividido por el dinero.

La actitud de todo cristiano ante estas cosas es dar ejemplo con nuestra vida personal, practicando la justicia, el amor, la paciencia, combatiendo el buen combate de la fe. Hoy San Pablo les da la respuesta a nuestros gobernantes, ya que esta exhortación es para ellos: llevar una vida de justicia. La justicia es dar a cada quien lo que le corresponde, y hoy, a nuestra nación golpeada y sacudida, le corresponde la ayuda que nosotros, con los propios impuestos les damos. Deben darle al pueblo lo que le corresponde, su dinero y la ayuda verdadera, sin fines políticos.

Tengamos cuidado, la codicia acaba con personas, familias y naciones. Hoy el Señor nos invita a reflexionar y descubrir cuáles son las ambiciones que hay en nuestro interior y replantearnos qué mueve nuestra vida.