Yo recuerdo que cuando mi abuelo aún vivía nos hacía referencia al poder que tenían las palabras que uno decía. Bastaba con prometer algo o dar su palabra para que hubiera un compromiso de por medio y éste se llegaba a cumplir cabalmente. Tristemente, hoy en día, mucha gente ha perdido el peso de la palabra que se da y no se llegan a cumplir los compromisos que se adquieren.

A veces hemos experimentado de tantas formas la traición de las personas, o bien, nosotros hemos sido los que traicionamos, que nos cuesta mucho trabajo confiar. Hoy el Evangelio de Lc 21, 29-33 nos habla de que las palabras que Jesús nos da son eternas, no cambian, en él no hay vulnerabilidad, incoherencia, ni es una persona voluble que cambie de un momento a otro.

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos esta comparación: “Fíjense en la higuera y en los demás árboles. Cuando ven que empiezan a dar fruto, saben que ya está cerca el verano. Así también, cuando vean que suceden las cosas que les he dicho, sepan que el Reino de Dios está cerca. Yo les aseguro que antes de que esta generación muera, todo esto se cumplirá. Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse”.

Esta última expresión que nos recuerda que las palabras de Jesús no pasarán o no dejarán de cumplirse se dicen en su más amplia expresión, es decir, en el sentido de ese llamado a la conversión que está vigente, se actualiza en cada momento. La llamada a la conversión no es algo del pasado o que ya no esté de moda, sino que ese constante ejercicio de dejar atrás la vida de pecado tiene que actualizarse siempre.

Pero también, las palabras de amor y confianza que Jesús nos da, en donde nos recuerda que nos ama y que ha dado su vida por nosotros, tampoco cambian, no pasan, no se quedan atrás, sino que nos las recuerda siempre y en cada momento, para que podamos hacer vida esa conversión tan anhelada.

De hecho, lo que nos llevará a convertirnos no es el miedo, al temor o la fuerza, sólo la experiencia viva y personal del amor de Dios es lo único que nos puede llevar a la conversión. Por eso, hoy quisiera invitarte a que nos acerquemos con mucha confianza al amor de Dios, que no tengamos miedo a experimentarlo, pues su amor es tan grande y perfecto que nos restaura y nos anima a un cambio total de vida.

El mismo Jesús nos recuerda que ese Reino de Dios ya está cerca, ya está entre nosotros, ya está presente, es por ello que no debemos retrasar nuestra conversión, no debemos aplazar ese cambio de vida, no debemos esperar a “portarnos bien”, debemos actuar ya desde hoy, debemos entregarnos convencidos de que Dios nos llama a vivir esa vida de plenitud y de amor.

¿Quieres dar fruto abundante en tu casa y en tu familia? Debemos animarnos a experimentar ese amor perfecto de Dios para que favorezcamos la conversión tan querida y anhelada por nuestro buen Dios.