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La soberbia siempre destruye, lo único que construye es el amor

Cuántas veces pensamos que contamos con las mejores virtudes o las mejores ideas, lo cual hace que no dejemos que otros opinen, sobresalgan, se expresen o hagan el bien con sus virtudes. Uno de lo grandes pecados capitales que destruye a la Iglesia es la soberbia, sentirnos indispensables, los mejores o los únicos que pueden hacer las cosas. Descubramos cuál es el antídoto que necesitamos para combatir este tremendo mal.

Cada uno de nosotros ha recibido la gracia en la medida en que Cristo se la ha dado. Él fue quien concedió a unos ser apóstoles; a otros, ser profetas; a otros, ser evangelizadores; a otros, ser pastores y maestros. Y esto, para capacitar a los fieles, a fin de que, desempeñando debidamente su tarea, construyan el cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a estar unidos en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, y lleguemos a ser hombres perfectos, que Alva vemos en todas sus dimensiones la plenitud de Cristo.

Viviendo sinceramente en el amor, creceremos en todos sentidos, unidos a aquel que es la cabeza: Cristo. […] El cuerpo va creciendo y construyéndose por medio del amor.

Para que cualquier empresa u organización funcione correctamente, es necesario que cada uno de los que colaboran en ella, tomen en serio su rol y cada uno haga responsablemente el trabajo que les toca. Si uno no trabaja adecuadamente, todo comienza a repercutir en al bien de la misma organización.

En la Iglesia, sucede exactamente lo mismo, ya siendo parte de la Iglesia, cada uno tenemos una tarea específica que realizar para hacerla crecer; pero también todos tenemos una tarea en común: ser promotores de armonía y constructores de unidad. Cuando en una organización no se busca trabajar en comunión y no se impulsan acciones para fomentar la unidad, se corre el riesgo de que dicha organización se fracture y vaya seguro a la ruina.

En la Iglesia, de la cual tomos somos parte por el bautismo, estamos llamados a ser constructores de la unidad y lo que favorece esta unidad es vivir en el amor verdadero, respetando a todos sus miembros por igual, sabiendo que nadie es más importante que otro, sino que formamos parte de un todo, cuya cabeza es Cristo.

Cuando dejamos que la soberbia entre en nuestro corazón y comenzamos a querer sobresalir en lo particular, sin importarnos la construcción del Reino de Dios, esto destruye y lastima a la Iglesia, divida y fractura al corazón de cada uno de los que la conformamos.

Por su parte, cuando somos consciente de quiénes somos y qué rol jugamos, deberíamos tender a dar lo mejor de nosotros a los demás, esforzándonos para que la Iglesia crezca en santidad. ¿Qué es lo que favorece este crecimiento? San Pablo nos dice que es la vivencia sincera de la caridad.

Muy claramente nos lo dice: “Viviendo sinceramente en el amor, creceremos en todos sentidos, unidos a aquel es la cabeza: Cristo”, más adelante, también nos dice: “El cuerpo va creciendo y construyéndose por medio del amor”.

Asé, pues, hoy la tarea fundamental será descubrir qué tanto vivimos en la caridad, donándonos generosamente con todo lo que somos y tenemos para el bien de la Iglesia. Debemos de ser humildes para reconocer nuestros errores y apartarnos de nuestras actitudes nefastas que no nos permiten ver más allá de nuestras narices y luchar por el bien común en la Iglesia.

Ánimo, sé perfectamente que no es una tarea fácil de hacer, pero créeme que sí muy importante y necesaria. Pidámosle a San Pablo que nos ayude e interceda por nosotros, para que nunca busquemos nuestro bien personal, sino que seamos verdaderos constructores del amor, a través de la vivencia sincera de la unidad.

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