Hoy, celebramos junto con toda la Iglesia, la Presentación en el Templo de la niña Santa María. Es en una antigua y piadosa tradición que encontramos los orígenes de esta fiesta mariana que surge en el escrito apócrifo llamado «Protoevangelio de Santiago». Este relato cuenta que cuando la Virgen María era muy niña sus padres San Joaquín y Santa Ana la llevaron al templo de Jerusalén y allá la dejaron por un tiempo, junto con otro grupo de niñas, para ser instruida muy cuidadosamente respecto a la religión y a todos los deberes para con Dios.

Hoy la Palabra de Dios nos hace un fuerte llamado a que seamos conocedores de su Palabra y a que la pongamos en práctica, porque cuánto nos cuesta a todos hacer la Voluntad de Dios. Pero para lograr hacer su Voluntad, antes debemos estar impregnados de su mensaje y de su Palabra.

El Evangelio de hoy tomado de Mt 12, 46-50 nos narra aquella bella escena en donde se nos muestra los dos rasgos que nos da Jesús de su verdadera familia:

En aquel tiempo, Jesús estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus parientes se acercaron y trataban de hablar con Él. Alguien le dijo entonces a Jesús: “Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, y quieren hablar contigo”. Pero Él respondió al que se lo decía: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los Cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

En esta parte del Evangelio de Marcos vemos a Jesús rodeado de mucha gente y él se encontraba con ellos. De pronto, con tal multitud de gente a su alrededor, alguien le dice: “Oye, tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan”. En la reacción y en la respuesta de Jesús, que es muy natural, nos presenta una profunda enseñanza, que la familia de Jesús no es únicamente biológica o de sangra, sino espiritual y es todo aquel que cumple la Voluntad de Dios. Además, también pudiéramos decir que, para poder llegar a cumplir la Voluntad de Dios, se requiere la atenta escucha de su Palabra, ya que todos los que estaban ahí y lo señaló como su familia, se encontraban precisamente en torno a él escuchando su mensaje.

No podemos ser egoístas en esta vida, no podemos atarnos a nuestra familia, debemos aventurarnos a traspasar cualquier barrera biológica, de raza, de cultura; debemos tener un corazón universal. La nueva familia de Jesús no va a tener como valores determinantes ni los lazos de sangre ni los de la raza; sino los que lo imitan en su fe. Haciendo fielmente la Voluntad de Dios, cualquier puede ser hermano o hermana de Jesús. Los lazos de sangre se ven superados por los de la dinámica y universal identidad espiritual en Cristo. Recordemos aquellas palabras de San Pablo: “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús”.

La reacción de Jesús se pudiera mal interpretar diciendo que está rechazando a su familia, pero no es así, no rechaza a su Madre. Me gusta mucho uno de los sermones de San Agustín, quien afirma que María es muy dichosa por haber sido discípula. Él decía:

Ciertamente, cumplió Santa María, con toda perfección, la Voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de la madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo.

Las palabras de San Agustín son muy fuertes y muy comprometedoras porque nos está lanzando a ser verdaderos discípulos del Señor. Recordemos que el discípulo tiene dos tareas fundamentales: escuchar la Palabra de Dios y cumplir su Voluntad.

Todos nosotros por el bautismo somos hijos de Dios, pertenecemos a la Iglesia de Cristo, pero en ocasiones no nos comportamos como verdaderos discípulos, porque a veces desconocemos la Palabra de Dios y, todavía más grave, seguimos encaprichados con lo que nosotros queremos y no con lo que Dios quiere, es decir, no hacemos la Voluntad de Dios. Por ello, María deberá siempre se nuestro modelo, ya que en ella aprendemos cómo ser discípulo porque ella nos enseña a escuchar la Palabra, meditarla en el corazón y llevarla a la práctica en nuestra vida.