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La Iglesia, un hospital para enfermos y pecados… ¿Te animas a entrar?

A la Iglesia no vamos los que somos perfectos, sino los que tenemos muchas cosas por cambiar, heridas por sanar y sueños que alcanzar. En ocasiones es muy fácil juzgar a quienes se acercan a Dios con una buena intención o, incluso, tachar de hipócritas o de fanáticos a quienes se acercan al Señor.

Hoy escuchamos el ya muy conocido relato de la multiplicación de los panes en Mt 15, 29-37, yo quisiera sobre todo centrarme en la primera parte de este texto:

En aquel tiempo, llegó Jesús a la orilla del mar de Galilea, subió al monte y se sentó. Acudió a Él mucha gente, que llevaba consigo tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos. Los tendieron a sus pies y Él los curó. La gente se llenó de admiración, al ver que los lisiados estaban curados, que los ciegos veían, que los mudos hablaban y los tullidos caminaban; por lo que glorificaron al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque pueden desmayarse en el camino”. Los discípulos le preguntaron: “¿Dónde vamos a conseguir, en este lugar despoblado, panes suficientes para saciar a tal muchedumbre?”. Jesús les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?”. Ellos contestaron: “Siete, y unos cuantos pescados”.

Lo primero que debemos reconocer es que nosotros también podemos caber en las categorías de enfermos que le llevaron a Jesús para que los curara. Con una vista muy superficial de nuestra persona, pudiéramos pensar que no tenemos mayores complicaciones o grandes enfermedades, pero si miramos en nuestro interior honestamente, creo que sí tenemos mucho que sanar.

Mateo habla de que le llevaron tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos. Yo creo que muchos de nosotros estamos tullidos, ya que nos hemos enfriado en el amor y nos hemos quedado paralizados, no hemos podido movernos a causa de nuestra apatía, de nuestra flojera o de nuestra mediocridad. Necesitamos renovar nuestros compromisos y nuestro amor para poder movernos y poder caminar.

También habrá algunos de nosotros que estamos ciegos, puede que sí veamos con los ojos, pero con una mirada pesimista, desesperanzada, triste o nublada, y que, al final de cuentas, no podemos ver lo que Dios nos presenta para nuestro bien. Muchas veces nos hemos dejado encandilar por las luces intermitentes del dinero, de la avaricia y del poder, y eso nos ha cegado al amor, nos ha cegado a las necesidades de nuestros hermanos. Simplemente cuántos sufren a nuestro alrededor y nosotros pasamos indiferentes ante su dolor.

Igualmente, habemos muchos sordomudos entre nosotros, personas que nos hemos cerrado a escuchar el mensaje de salvación, oímos pero en realidad no escuchamos, nos entra por un lado y nos sale por el otro, no nos queda nada en el interior. Estamos tan ocupados en otros intereses mezquinos, que no escuchamos lo que nos grita al cambio. Como cuando te embebes en el celular o en el internet, y alguien te está hablando, en realidad lo estás oyendo pero como no le prestas atención, en realidad no lo estás escuchando.

Al sordo también le cuesta trabajo hablar porque, al no tener una referencia auditiva, no tiene la capacidad para articular palabras, he ahí que también nosotros somos sordomudos, al no escuchar, tampoco podemos hablar. Si no somos capaces de dejarnos interpelar por nuestra realidad herida, o bien, si no nos nutrimos de la Palabra de Dios, qué vamos a decir, cómo vamos a hablar, es prácticamente imposible.

También muchos de nosotros estamos lisiados, heridos en el interior, tenemos una real dificultad para un movimiento generoso de amor, de caridad o de perdón. Puede ser que esta herida que nos ha lisiado, provenga de experiencias pasadas de dolor y que, al no sanarlas a tiempo y con el especialista adecuado, ha dejado consecuencias nefastas.

Si hoy descubrimos que nosotros somos esos enfermos, sea cual sea nuestra enfermedad, vemos que Jesús tiene no sólo el poder para curarnos, sino que también tiene el interés de hacerlo. Se compadece de cada uno de nosotros y se acerca a cada corazón herido, para sanarnos con su amor. ¿Realmente nosotros queremos esa sanación?

Puede ser que nuestra misma herida nos ha hecho tener ya una mirada de desesperación por que no vemos salida a nuestro problema, pero Jesús tiene una mirada distinta, una mirada de esperanza y de amor. Ahí, donde los discípulos ven una carencia, Jesús ve una oportunidad para obrar.

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