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La clave para que los matrimonios sean felices

Uno de los más grandes enemigos del matrimonio es el egoísmo, el cual consume las fuerzas y las ganas de amar y de entregarse al otro. Hoy, precisamente San Pablo en la Carta a los Efesios, les dice a los esposos que hay que amarse como Cristo amó a su Iglesia, y que deben respetarse mutuamente por amor al Señor. Esto simplemente es imposible, cuando no dejan que el amor de Dios sea su motor y les vaya quitando todo el egoísmo.

Además, quisiera citar el evangelio de hoy, porque veremos dos parábolas muy sencillas pero muy ilustrativas de cómo tienen los esposos que amarse mutuamente. Jesús habla siempre de manera sencilla y entendible para todos. El Evangelio que meditaremos está tomado de Lc 13, 18-21:

En aquel tiempo, Jesús dijo: ¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a la semilla de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció y se convirtió en un arbusto grande y los pájaros anidaron en sus ramas”. Y de nuevo dijo: “¿Con qué podré comparar al Reino de Dios? Con la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina y que hace fermentar toda la masa”.

En general debemos comprender que estas dos parábolas del grano de mostaza y de la levadura en la masa, proclaman que el Renio de Dios no es algo estático, sino que crece continuamente y que nosotros como miembros de la Iglesia debemos ayudar a esta transformación, siendo germen de vida como la semilla y punto de cambio y transformación como la levadura.

Referente al grano de mostaza vemos que Dios siempre elige lo pequeño y lo que parece insignificante pero que en ella hay un germen de vida impresionante. Debemos ser esos sembradores de la buena semilla que da vida. A lo mejor, al igual que el grano de mostaza, que es el más pequeño, pudiéramos caer en la tentación de pensar que lo que realizamos es pequeño, inútil, insignificante, que no aporta nada a la sociedad o a la Iglesia, etc. Pero nunca debemos olvidar que, si lo que sembramos, aunque parezca pequeño e insignificante, lleva el amor y la bondad de Dios, esa semilla tendrá la capacidad de dar vida.

Nunca debemos de dejar de sembrar esa semilla en todos nuestros ambientes donde nos desenvolvemos: diciendo siempre la verdad, siendo amable con todos, tener siempre gestos de amor y servicio para todas las personas, etc. Con pequeños gestos y acciones podemos construir eficazmente el Reino de Dios.

Además, la parábola de la levadura nos da otra característica importante de cómo debemos de actuar: en lo escondido y en el silencio, ya que la levadura se oculta en la masa y se pierde en ella, hasta el punto de convertirse en parte de la masa. Nadie la ve, ni la nota, ni la descubre; sin embargo, desde lo oculto transforma la masa.

Nuestro obrar en el mundo y en la Iglesia debe ser generoso, desmedido, constante, etc. Debemos, al igual que la levadura, perdernos en la masa sin dejar que la masa nos sofoque, sino que nuestra presencia dentro de la masa, es decir, dentro de la Iglesia y de la sociedad, debe transformar eficazmente estos ambientes.

Esta es nuestra misión, imitar la forma en la que Jesús actúa, el cual no irrumpió en la historia de una manera espectacular, sino que lo hizo silenciosamente, pero de una manera eficaz. No debemos sucumbir ante los ambientes degradados, no debemos tener complejos de inferioridad pensando que no podemos hacer nada por cambiar el mundo. Debemos actuar siempre y en todo momento, lo cual exige esfuerzo y compromiso, pero vale la pena con tal de que Cristo habite en el corazón de todos los hombres.

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