Muchas veces nuestros pecados pueden decepcionarnos cuando sentimos que no podemos superarlos, cuando pensamos que son más fuertes que nosotros. Hoy se nos presenta a Jesús como quien puede liberarnos de todo pecado, él es el único que tiene la fuerza para hacerlo y vamos a descubrir qué es lo que nos toca hacer a nosotros para que esto suceda.

En el Evangelio de Lc 7, 36-50, escucharemos aquella escena en donde Jesús fue invitado a la casa de un fariseo, llamado Simón, y en ese lugar, Jesús le permitió a una mujer pecadora que se la acercara y la ungiera los pies con un perfume de alabastro. Aquella mujer besó sus pies con profundo amor, comenzó a llorar y enjugó sus pies con las lágrimas que brotaban de ese corazón arrepentido.

Sabemos muy bien que lo que sucedió en aquel lugar suscitó un gran escándalo entre los presentes, debido a lo que Jesús le había permitido a aquella mujer, pero ahí está la gran enseñanza. Jesús enseñó a los presentes que a aquella mujer se le perdonaron sus muchos pecados porque había amado mucho, incluso, delante de todos le dijo a la mujer: “tus pecados están perdonados, tu fe te ha salvado, vete en paz”.

Con este gesto de amor y misericordia de parte de Jesús, volvemos a comprobar que Dios ama al pecador y siempre está dispuesto a un borrón y cuenta nueva, es decir, que quiere hacer de nosotros nuevas personas. Nadie podemos excusarnos, tenemos que reconocer que todos somos pecadores y estamos necesitados de la infinita misericordia de Dios.

Lo único que Dios necesita para regalarnos el perdón es nuestro arrepentimiento, pues, por la libertad que nos ha dado, no puede forzarnos a nada, ni a que recibamos el perdón. Por ello, el arrepentimiento sincero y de corazón es lo que nos abre la puerta de la misericordia de Dios.

Decía San Gregorio Magno que “a nosotros nos representó aquella mujer cuando, después de haber pecado, nos volvemos de todo corazón al Señor y la imitamos en el llanto y la penitencia”. Nunca olvidemos que nuestro arrepentimiento sincero es nuestra muestra de amor a Dios. No debemos tener miedo ni sentirnos desesperados, pues tenemos a un Dios infinitamente misericordiosos que siempre nos está esperando con los brazos abiertos, él conoce a la perfección nuestras debilidades y quiere limpiarnos de toda mancha de pecado.

Debemos siempre tener presente que Dios nos espera y debemos aprender a confiar en su amor. Decía San Juan Crisóstomo que “más que el pecado mismo, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de los pecados”. Hoy sucede todo lo contrario a lo que sucedía hace muchos años, ya que hace años mucha gente veía al demonio en todos lados y todo lo consideraba pecado; hoy nos hemos ido al otro extremo, en donde se piensa que Dios no existe y que nada es pecado.

Pero también de este evangelio debemos adoptar la actitud misma de Jesús frente a los pecadores, ya que muchas veces podemos caer en juzgar fácilmente las caídas de los otros y no tenerles tolerancia ni compasión. Debemos aprender a ser tolerantes y ayudar a los pecadores a que se puedan levantar de sus caídas.