Los antros a reventar, los prostíbulos llenos, los centros comerciales siempre con gente, la pornografía altamente consumida; pero aun así la gente vive infeliz y vacía.  Las personas tienen mucha hambre y mucha sed, y creen que la van a saciar en la moda, en el placer, en el poder, en el dinero, en las cosas materiales o en la fiesta… pero se equivocan, ya que el hambre y la sed del hombre se sacia únicamente en Cristo Jesús.

Hoy quiero reflexionar en el texto de Jn 6, 30-35:

En aquel tiempo, la gente le preguntó a Jesús: “¿Qué señal vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo”.

Jesús les respondió: “Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”. Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les contesta: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”.

Este Evangelio nos recuerda que Jesús y sólo Él es quien da sentido a la existencia humana. Sólo Él puede saciar nuestra hambre profunda de plenitud y felicidad. En este texto vemos a la gente sencilla pidiéndole signos al Señor, la misma desesperación por encontrar lo que da plenitud al hombre, los lleva a exigirle una señal, aunque, ciertamente, les había dado muchas y a nosotros, también nos ha dado montón de señales de su amor, de su fidelidad y de su presencia, y aun así nos cuesta trabajo creer en Él.

Cuando se vive una vida sin compromiso, sin entrega, sin caridad… cuando lo único que me mueve es el placer, el poder, la fama o el dinero… siempre habrá vacíos profundos que no me den plenitud, ya que el único capaz de llenar nuestro interior es Cristo. Él mismo lo ha dicho: “Yo soy el pan de la vida”. Él es el único que nos puede alimentar y darnos sentido.

Hace unos meses un joven de 29 años se acercó a mi platicándome que tenía mucho éxito profesional, que incluso estaba becado y estaba haciendo un doctorado, tenía una buena novia, un excelente sueldo, pero que no sabía por qué seguía sintiendo vacío en su interior. Simplemente le pregunté ¿te has preocupado por compartir lo que eres con los demás? Lo invite y nos fuimos esa noche a repartir cobijas a los pobres… recuerdo sus lágrimas cuando regresamos y que me decía: Padre, pensé que conocía a Dios y cumplía con lo que Él me pedía, pero aquellos hombres en la calle, despojados de todo, viven más cerca de Jesús que yo.

El hombre cree que llenándose de las cosas de este mundo encontrará la felicidad y se equivoca. Cuando no tenemos a Cristo en nuestro corazón, que es lo único que alimenta verdaderamente, no tenemos nada. Bien lo dice Eclesiastés 1, 4: “Todo es vana ilusión”.

Hoy el Señor nos invita a volvernos acercar a Él para que sacie todas nuestras carencias, todos nuestros afectos y todas nuestras necesidades. A Jesús, la gente sencilla le preguntó: “¿Qué señal vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras?”. Si hoy el Señor te preguntará a ti lo mismo: ¿Cuáles son tus obras con las cuáles vas a demostrar que crees en mí?

Seguimos en el tiempo de la Pascua, tiempo de alegría por la resurrección del Señor, no permitamos que las ambiciones mundanas maten esta felicidad y nos ofusquen en el camino de fe.