Hoy celebramos a San Luis Gonzaga, patrono de la juventud, quien supo renunciar por su propia voluntad a todos sus bienes, a sus riquezas, a su título de realeza a pesar de la negativa de sus padres y a todos los privilegios que esto conllevaba, todo por haber encontrado en Jesús el amor más grande en esta tierra.

Hay que saber que era el primogénito y le tocaba heredarlo todo, pero decidió renunciar a todo ello convencido de que los bienes de este mundo no dan la felicidad y un día escribió: “hasta los príncipes son ceniza como los pobres: tal vez cenizas más fétidas”.

Fue un joven que luchó por mantenerse siempre puro y casto, defendió con valentía la pureza de su corazón con duras penitencias; y olvidándose de tu origen noble, al entrar en la Compañía de Jesús, escogió las encomiendas más humildes, se encargaba del servicio a los enfermos.

Durante la peste que azotó Roma en 1590 quedó contagiado de ella. Murió con tan sólo 23 años pues ya estaba listo para presentar su siembra abundante al Señor, ya había cosechado abundantemente en el cielo. Muy providencialmente escuchamos hoy en Mt 6, 19-23, este ideal tan alto de vida:

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No acumulen ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho los destruyen, donde los ladrones perforan las paredes y se los roban. Más bien acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho los destruyen, ni hay ladrones que perforen las paredes y se los roben; porque donde está tu tesoro, ahí también está tu corazón. Tus ojos son la luz de tu cuerpo; de manera que, si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo tendrá luz. Pero si tus ojos están enfermos, todo tu cuerpo tendrá oscuridad. Y si lo que en ti debería ser luz, no es más que oscuridad, ¡qué negra no será tu propia oscuridad!”.

Creo que San Luis Gonzaga vivió este evangelio en carne propia, pues supo desprenderse de todos los bienes materiales de esta tierra, para poner sus ojos en los bienes del cielo. A veces se nos olvida que estamos en este mundo de paso y nos instalamos con mucha facilidad, nos apegamos consciente o inconscientemente a muchas cosas y personas que no serán eternas.

Esta frase del Evangelio que dice: “donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón”, se me hace muy fuerte y, en lo personal, me confronta muchísimo. Hoy el Señor quiere cuestionarnos en dónde o en quién estamos poniendo nuestra confianza, nuestra esperanza y nuestra seguridad. Cuando la ponemos en cosas materiales o terrenales, de seguro que fracasaremos, nos cansaremos y quedaremos, al final del camino, vacíos.

El tesoro no se refiere únicamente a lo material, aunque sí lo toma en cuenta, sino a todos los apegos que te dan cierta seguridad o estabilidad. Simplemente, pensemos en cuántos seguros tenemos en nuestra vida, o cuántos sistemas antirrobo o de alarma instalamos en nuestras pertenencias, ellos nos hacen sentir seguros y protegidos… pero en el plano espiritual, ¿Cuáles son esos apegos, que aparentemente nos dan seguridad, pero que en realidad se están robando nuestra fe?

Nos puede pasar que lo tengamos todo en la vida y aun así no seamos felices. Bueno, pues hoy el Señor nos invita a un desapego radical de todas las cosas que nos quitan esa paz. Pidámosle la intercesión a San Luis Gonzaga para que nos ayude a tener un arranque generoso con nuestra vida y podamos deshacernos de todo aquello que nos aparta del tesoro que nos espera en el cielo.