Hace unos años, cuando era Diacono, se me acercó a platicar una joven bastante triste y desesperada puesto que sentía que no podía encontrar el amor de su vida. Se cuestionaba mucho porqué las personas se aprovechaban de ella y no valoraban todo lo que ella hacía por los demás, ella se entregaba de corazón y sólo recibía a cambio indiferencia.

Recuerdo que le cité el evangelio que hoy meditaremos, tomado de Jn 6, 35-40, y le dije que alguien la estaba esperando, alguien que sí la valoraba y la amaba totalmente y que ella, al conocerlo de verdad, jamás tendría necesidad de volver a mendigar el amor de los hombres. Hoy es una feliz monjita de contemplación.

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero como ya les he dicho: me han visto y no creen. Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y la voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día”.

Este es un evangelio que en lo personal me gusta mucho leer cuando me siento triste o desesperado, porque me recuerda que todo eso es porque he desviado mi mirada y mi corazón de la fuente de alegría y de amor. A veces, por las preocupaciones de la vida, podemos instalarnos en el mundo y esperar más de los hombres, antes que de Dios.

En lo personal me reconfortan muchísimo y a la vez me cuestiona profundamente las palabras de Jesús: “El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”. Me reconfortan puesto que me recuerdan que la fuente de amor está en Él, me recuerda dónde tengo que acudir para llenarme nuevamente. Pero, a la vez, me confrontan, puesto que me hacen preguntarme en dónde estoy intentando saciar el hambre de mi corazón.

Todos sabemos muy bien que estamos destinados a la felicidad y a la plenitud, pero muchas veces el hombre intenta saciar esa sed y esa hambre de amor y felicidad con lo que el mundo le ofrece, como es la fama, el dinero, el sexo, los negocios, el reconocimiento, etc. Y cuando menos los pensamos, vemos el hartazgo de cosas que tenemos y que no somos felices, puesto que lo único que sacia verdaderamente el corazón del hombre, en Dios lo podemos encontrar.

¿Cuáles son esas migajas de amor con las que te has conformado? ¿Cuáles son las cosas, situaciones o personas que te adormecen y te anestesian pero que no te sacian el hambre y la sed de felicidad? Y digo que te adormeces o anestesian, porque por un instante te hacen evadir tu realidad, pero no te hacen experimentar la felicidad o plenitud, al contrario, te dejan más vacío en tu interior.

También dice Jesús que “la voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día”. Cuando estamos lejos del Señor estamos muertos en vida, pero cuando nos unimos a Él por su Gracia, cuando acudimos constantemente a las fuentes de su amor, estamos vivos.

Hoy te invito a reflexionar si verdaderamente llevas una vida de resucitado por la Gracia de Dios, o bien, si llevas una vida vacía y muerta por la lejanía de Dios. Nunca es tarde para regresar al Señor, Él siempre nos está esperando para regalarnos, con su presencia, la felicidad y darnos la plenitud en nuestra vida.