El Papa Juan Pablo II, con motivo del Año de la Familia, escribió una carta a las familias en el año 1994. En ésta nos expone bellamente el deseo de la Iglesia, el cual es acompañar al hombre en su camino por la vida, y la familia es el camino más importante para el hombre, ya que todo hombre inicia su existencia en una familia.

La familia tiene su origen en el amor de Dios con el que creó el mundo, a su vez, la familia es considerada como la Iglesia doméstica y como el camino de la Iglesia. La familia se fortalece mediante el vínculo de la oración y con la efusión del Espíritu Santo es por lo que se da el vigor para sobrellevar y lograr la fidelidad en el matrimonio; esta misma oración es la que ayuda a vivir la coherencia en las normas morales.

Los padres tienen una semejanza a Dios en su paternidad, se debe fomentar en la familia una verdadera comunidad de amor. Vemos que tanto el hombre como la mujer tienen la misma dignidad y se complementan. Las personas aisladas mueren, sólo son capaces de subsistir en la comunión. Una de las características que subraya el Papa es la indisolubilidad del matrimonio. Además, la maternidad y la paternidad se implican mutuamente; la familia es la primera sociedad humana.

El sacramento del matrimonio es una alianza de amor entre dos personas. Éste debe ser una decisión recíproca y libre, y muestra la necesidad que el hombre tiene de la Verdad, y ésta lo abre a Dios. La relación de los esposos debe realizarse en la verdad y el amor, su unidad no los ensimisma, sino que los debe abrir mutuamente. Y en ese abrirse también deben hacerlo a la vida. Desde la concepción, el nuevo ser está llamado a realizar la Voluntad de Dios, ya que está llamado a la vida divina, y está llamado a realizarse y llegar a ella. El amor que Dios tiene por el hombre es eterno.

En las palabras de consentimiento en el matrimonio, expresan lo que constituye el bien de la pareja y de la familia; una familia constituye una comunidad de personas. Además, vemos que el hombre no encuentra su plena realización y felicidad sino en la entrega en el amor hacia los demás. Bellamente Juan Pablo II nos dice que amar significa dar y recibir, en el entregarse recíprocamente, y esto se expresa en el consentimiento matrimonial. Un hijo siempre se vuelve un don para la familia y para la sociedad.

La familia es una institución social que no puede ni debe sustituirse, incluso, es el santuario de la vida y debe ser respetado como tal. De tal forma, la paternidad y maternidad responsable empieza desde el hecho del aceptar que al casarse se pueden convertir en padres comunicando vida a un nuevo ser humano. Nunca se pueden ni se deben separar los dos fines del matrimonio: unitivo y procreativo. La Iglesia ha sido tachada de retrograda y de que se mantiene en una postura obsoleta, pero el hombre no puede encontrar su felicidad plena si no es en la entrega total y responsable de su persona.

El matrimonio siempre debe estar abierto a la vida, no debe considerarse sólo como un medio legítimo para alcanzar placer, sino que cada acción debe ser coherente con el fin moral de cada persona y su dignidad humana. Además, debemos ser conscientes de que la familia constituye la base de la civilización del amor.

En la actualidad un problema que nos afecta es una crisis de la verdad y de conceptos. El esplendor de la verdad hay que buscarlo, ya que se ha metido mucho el positivismo y el utilitarismo. Por ejemplo, los hijos pudieran ser considerados un estorbo para la realización personal argumentando una falta de libertad. Sólo la verdad puede preparar a los esposos para un verdadero amor, y lo que es contrario a la civilización del amor es totalmente contrario al hombre.

Debemos tomar en cuenta que la persona se realiza en el ejercicio de la libertad en la verdad. La civilización del amor se relaciona con el personalismo, por otra parte, contra la civilización del amor se encuentra el mal llamado amor libre, lo que en realidad hace es que vuelve al hombre esclavo de sus pasiones. Hoy entre los jóvenes se clama una libertad sin responsabilidad, lo cual en realidad constituye la antítesis del amor.

El amor de Dios nos invita y se vuelve una exigencia para los hombres, al final, éste no es una opción sino un mandato que Dios ha dado al hombre; pero la sociedad progresista va en contra de la familia y solo ve en ella cierta utilidad egoísta. Hay que hacer conciencia de que estamos llamados a vivir en la verdad y en el amor. Y solo nos podemos realizar en la donación generosa.

Me llama la atención que el Santo Padre menciona el principio de subsidiariedad, el cual se pone al servicio del amor de los padres, y dice que complementa el amor de los padres. Por su parte, los padres tienen la libertad de escoger para sus hijos su educación religiosa y moral, según sus costumbres y sus principios. Mientras tanto, las familias deben hacerse solidarias en la educación de los hijos, esto en virtud de la comunidad eclesial. La familia es una institución esencial para la sociedad.

Todos los que formamos la Iglesia tenemos el deber de transformarla. Los laicos deben ayudar a la transformación del mundo, esto con su testimonio en la familia. Contamos con la gracia de Dios para luchar contra las dificultades, tenemos en especial la Eucaristía y la Reconciliación, ya que necesitamos estar renovando diariamente el amor de Cristo en nuestro corazón.

Finalmente, el documento exhorta a los esposos a que sean sumisos los unos a los otros, ya que tienen en Cristo una referencia para su amor esponsal, puesto que están invitamos a amarse tal como Él amó a su Iglesia. Son una sola carne, por eso se deben cuidar mutuamente como si fueran ellos mismos. Los esposos podrán amar hasta el extremo hasta que hayan aceptado a Cristo en sus vidas y en su matrimonio; podrán ser ejemplo del Esposo que amó a su esposa que es la Iglesia.