Hoy estoy cumpliendo 3 años como Sacerdote y quisiera compartirte la gran alegría que invade hoy mi corazón, pues hoy renuevo mi sí al Señor, un sí que se sostiene sólo por gracia de Dios. Te pido que me encomiendes mucho en tus oraciones para poder seguir siendo rostro de Cristo, para poder seguir llevando el Evangelio a donde sea que Él me pida.

No hay nada más desesperante que encontrarte con alguien que de todo se queja, que a todos les encuentra un defecto, que nada le parece y siempre está juzgando y criticando a los demás, desgraciadamente no son pocos. Hoy el Señor nos recuerda que él no ha venido al mundo para condenarlo, sino para salvarlo; entonces, ¿quiénes somos nosotros para condenar a los demás con nuestros juicios y críticas?

El Evangelio que hoy meditaremos es de Jn 12, 44-50:

En aquel tiempo, exclamó Jesús con fuerte voz: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas. Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.

Hoy estamos celebrando el día del maestro. Sabemos que Cristo es el Maestro por excelencia que nos enseñó no con teorías, sino con su propia vida y su testimonio. Y una gran enseñanza que hoy nos comparte y nos enseña a vivir es no pasarnos la vida juzgando a los demás.

Hoy el Evangelio nos habla de que Jesús ha venido a salvar al mundo y ha venido como la luz para iluminar a los hombres, sólo que algunos lo han rechazado y se han excluido ellos mismos de esta salvación que Él viene a ofrecernos.

Este Evangelio debería ser para cada uno de nosotros una llamada muy fuerte a nuestra conciencia, ya que, si el mismo Dios no ha venido al mundo para condenarlo, sino para salvarlo, ¿quiénes somos nosotros para condenar a los demás con nuestros juicios? Ya que con mucha facilidad y soltura somos muy buenos para juzgar a los demás, para matarlos con nuestros pensamientos o para acabarlos con nuestras actitudes.

Hace unos días nació mi 6to sobrino y siempre me ha maravillado tener en mis brazos a esas criaturas hermosas e indefensas. Cuando veo a mis cuñadas que han dado a luz agradezco a Dios este gran regalo y con ello te recuerdo que todos estamos llamados también a engendrar vida con nuestras palabras y nuestras obras.

Una madre no sólo es la que ha parido un hijo, sino una madre con toda la extensión de la palabra es la que se ha entregado en cuerpo y alma a sus hijos, quien alienta, perdona, sufre, goza, ríe, enseña, ilumina, etc. Es quien siempre está a tu lado para ser, como hoy Jesús nos dice de Él, la luz que guía tu caminar. Por lo tanto, me atrevo a afirmar que una madre no engendra únicamente en el momento del parto, sino que en cada momento de la vida está engendrando amor a sus hijos.

Pues también nosotros estamos llamados a engendrar vida en cada momento con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestras actitudes. Estamos llamados a ser luz para los demás, con nuestros buenos consejos y nuestro ejemplo. No hemos sido enviados al mundo para juzgar o condenar al hermano.