El Papa Juan Pablo II en el año 1981 ha dado esta Exhortación Apostólica, la cual trata sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual. Recoge, de alguna manera, algunas aportaciones del Sínodo que ha tratado el tema de la familia y su importancia radica en que la familia es la primera comunidad llamada a anunciar el Evangelio a la persona humana, conducirla a la madurez humana y cristiana y, por tanto, urge una motivación que de lineamientos seguros para tal fin.

Sólo mediante la aceptación del Evangelio se realiza todo esperanza en el matrimonio y en la familia. Haciendo un análisis de nuestra situación, hoy en día hay una crisis en la búsqueda de la verdad, ya que se hace por caminos erróneos. Actualmente el mundo se ve aquejado por la realidad del divorcio que está a la orden del día, del aborto, de la mentalidad anticoncepcional, entre otras; lo cual dificulta el progreso de la familia.

El hombre debe siempre recordar que fue llamado a la existencia por amor y al amor, por ende, el amor es la vocación fundamente e innata de todo ser humano. Las nuevas mentalidades han separado la sexualidad de su verdadero significado, tergiversándolo. En el matrimonio es el único lugar donde se puede dar esa donación total, el pacto conyugal debe ser una decisión libre  consciente, en donde se aceptan el hombre y la mujer para vivir en una comunidad íntima de vida y amor. Recordemos que esa alianza es un símbolo de la Alianza que Dios ya había hecho con su pueblo y nos recuerda su fidelidad.

El documento resalta y reafirma el papel importante y prominente del matrimonio, el cual mira a alcanzar una unidad personal. Invita a ver el amor como un don, el cual se prolonga en los hijos, haciéndose así los padres colaboradores de Dios. Debemos ser conscientes de que tanto el matrimonio como la familia edifican la Iglesia de Dios. Esto no excluye a los que han abrazado el celibato, también la virginidad, junto con el matrimonio, son dos modos de expresar el único Misterio de la Alianza de Dios con el pueblo.

La familia, en el designio de Dios Creador y Redentor, descubre su identidad y su misión. Además, recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo del amor de Dios por su Iglesia. Una característica fundamental es la comunión indisoluble, la comunión conyugal lleva esa misma característica además de la unidad. Todos los matrimonios están llamados a dar testimonio de esta indisolubilidad y fidelidad matrimonial.

Algo de suma importancia es que el criterio moral de la autenticidad de las relaciones conyugales y familiares consiste en la promoción de la dignidad y vocación de cada una de las personas. Así, la Iglesia debe luchar por que en la sociedad el trabajo de la mujer sea reconocido por todos y estimado por su valor insustituible; invita a que la discriminación sea erradicada por completo. Esto no lleva que la mujer renuncie a su feminidad, sino a la plenitud de la verdadera humanidad femenina. Hay que luchar por que se recupere la figura de la mujer en el mundo y en la sociedad.

Lo anterior lo comprobamos en el llamado que el Santo Padre hace en cuanto a que el auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo respeto por la igual dignidad de la mujer. Nunca minusvalorar la presencia de los ancianos, vivir siempre el espíritu de caridad no viéndolo como un peso inútil, sino como una persona con valor.

Dios llama a que los padres sean cooperadores con Él de su obra con su cooperación libre y responsable en la transmisión de la vida humana. La fecundidad del amor conyugal se extiende y da frutos en la vida moral, espiritual y sobrenatural. Hace falta mucha evangelización, puesto que las tendencias que están en boga en nuestros tiempos se debe a la ausencia de Dios en el corazón de los hombres, y esto nos interpela a todos los que formamos la Iglesia. No se debe tolerar, en forma alguna, ninguna ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia de las personas.

La Iglesia, en cuanto Madre y Maestra, debe siempre proclamar la norma moral que guíe la transmisión responsable de la vida, ya que la Iglesia no es autora de dicha ley, sino la depositaria y custodia. No se debe cansar de enseñar la virtud de la castidad y de una sana y sabia educación sexual a los jóvenes, a fin de que éstos estén convencidos del plan de Dios, y que puedan llevar un recto ideal en el orden moral.

Los padres deberán estar siempre atentos de crear un clima favorable en donde se de el amor paterno y materno que los lleve a experimentar la vivencia auténtica del amor, dándoles una educación rica en valores cristianos, ya que la familia es la primera comunidad de amor donde se debe crear una auténtica escuela sexual basada en el amor. No por esto el Estado se debe desentender de sus funciones, al contrario, deben favorecer el crecimiento y las ayudas posibles para que se puedan dar ayudan educativas eficaces, ya que el amor fecundo se va a expresar en un servicio a la vida y esto se va a recibir desde la educación primera que se reciba.

Recuérdese que la familia tiene unos vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, ya que constituye su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a la vida, por ende, se debe crear conciencia de la función que la familia juega en la sociedad y de cómo esta puede ayudar, con su testimonio y entrega, a la transformación de la misma.

La Iglesia deberá siempre de lucha por defender la vida y la institución de la familia, promover los derechos de ésta y hacer que se respeten sus garantías. Por su parte, las familias están llamadas a ser signo de unidad en el mundo entero para que otros también se encuentren con Cristo y ayuden al Reino de Dios, así vemos que la familia forma parte importante en el misterio de la Iglesia, la cual participa en la misión de salvación.

Finalmente, no debemos olvidar que el amor y la vida constituyen el núcleo esencial de la misión salvífica de la familia cristiana; y todos como bautizados estamos llamados a colaborar con la predicación para que surja una transformación en el mundo y en la Iglesia. Este documento bellísimo me ha ayudado mucho a revalorar la importancia de la familia y de su papel fundamental en la Iglesia. Nosotros debemos prepararnos más y mejor para poder ofrecerles herramientas eficaces para que sean verdaderamente testimonios vivos de Cristo en medio de la sociedad y del mundo entero.