El 25 de marzo del año 1995 el Papa Juan Pablo II dio esta encíclica a la Iglesia Católica, la cual habla sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana. Dicho documento importantísimo y de mucha actualidad contiene una introducción, cuatro capítulos y una conclusión. El capítulo primero nos presenta las amenazas que aquejan la vida humana y cómo enfrentarlas; en el segundo, aborda un mensaje de esperanza centrado en la persona de Cristo sobre la vida que Él nos da y que nos impulsa a defenderla; en el tercero, expone el mandamiento de la ley de Dios acerca de no matar; finalmente, en el último nos hace una propuesta interesante sobre cómo crear una nueva cultura de la vida humana.

Hay que partir del presupuesto de que Jesucristo ha venido al mundo para que tuviéramos vida y no para que nosotros mismos la limitáramos, mucho menos que la quitáramos. Es por ello que todo hombre debe esforzarse por lograr la plenitud de vida, que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Todos llevamos inscrita en el corazón la ley natural, la cual hará de suyo que respetemos la vida humana, la cual es don de Dios. Desgraciadamente constatamos que ha habido últimamente muchos progresos científicos que en lugar de ayudar a dignificar al hombre, han transgredido su dignidad y han ido contra el plan de Dios.

El Evangelio de la vida nos recuerda que el hombre no está determinado, Dios lo ha hecho libre, libertad que debe utilizar para llegar al bien, ya que éste no fue creado para el mal. Poco a poco, cuando el hombre alberga y da cabida en su corazón al egoísmo se convierte en el enemigo de sus semejantes, por ende, comienza a actuar contrario al querer de Dios para los hombres, a quienes tanto ha amado desde la eternidad. El hombre actual deberá tomar responsabilidad frente a sus actos y ser consciente de los males que, con sus acciones, aquejan en nuestro tiempo. La encíclica nos recuerda muy claramente que cualquier acción del hombre contra la vida del hombre, en realidad atenta contra Dios mismo. Por tanto, luchemos por crear una cultura que promueva la vida.

A través del texto de Génesis de la muerte Abel, el Señor está interpelando y exhortando a toda la humanidad sobre qué hemos hecho con tanto mal que atañe al mundo, ya que hay muchas amenazas que golpean la vida humana y que, muchas veces, por falta de valentía y de encuentro con Cristo, no se defienden y se promueve la vida. Como resultado de ello vemos una promiscuidad creciente, el aborto, la eutanasia y una cultura anticonceptiva, entre otros.

Falta una cultura que comience desde el seno familiar, ya que muchos han sido golpeados por la falta de amor desde sus orígenes y, como consecuencia, han formado una idea deformada, incluso perversa, de la libertad que tienen, llegando a convertirse en esclavos libertinos. Se deben promover urgentemente valores de orden cultural y moral, los cuales lleven a situar al hombre en una posición equilibrada de su ser y le den sentido pleno a su existencia.

No debemos olvidar un aspecto muy importante. La libertad reniega de sí misma, se autodestruye y se dispone a la eliminación del otro cuando no reconoce ni respeta su vínculo constitutivo con la verdad. Esto nos lleva a luchar por la exaltación y la promoción incansable de la verdad, ya que es lo único que verdaderamente libera al hombre, y los jóvenes de hoy están cegados por una aparente verdad tergiversada que nos presenta el mundo, quien sólo ve por sus intereses.

Pensar que se lucha contra un ideal titánico e insuperable es igual a negar el poder de Cristo. No olvidemos que Él ha venido y entregó su vida para que nosotros tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia. Promovamos el encuentro con Cristo crucificado y resucitado, quien da la posibilidad al hombre de conocer la verdad y con ella lograr la plenitud de vida. Propongamos a Cristo como el único verdadero liberador.

La vida nunca es un mal, al contrario, siempre es un bien. El hombre, por lo tanto, sólo alcanzará la plenitud de vida cuando acepte seguir a Cristo, quien es la vida misma, ya que la vida que nos ofrece trasciende todo espacio temporal y nos ofrece una vida que no perime en la terrenal, sino que nos llama a trascender a una vida eterna. Por tanto, reconocer la sacralidad de la vida debe llevar a reconocer y afirmar su carácter inviolable, en consecuencia, todos deben velar por salvaguardar la vida de los demás, ésta será la tarea de todo hombre.

La defensa y promoción de la vida no sólo se debe ejercer en ciertos momentos de la vida misma, sino que ésta debe ser respetada y custodiada desde la concepción del ser humano hasta la muerte, incluyendo la vejez y las situaciones adversas de sufrimiento. Se debe luchar por la promoción de la vida, erradicando el delito del aborto, el cual mira a la destrucción violenta y abominable de un ser humano, éste debe ser considerado como lo que es, un homicidio, he ahí su gravedad moral. Igualmente se debe luchar por eliminar la cultura que promueve la eutanasia y promover la vida como don de Dios y no como un mero objeto que da placer y bienestar.

Se hace un llamado fuerte a todo cristiano a defender con radicalidad la vida humana, a tal grado de hacer que la ley civil vaya de acuerdo con la ley natural y la ley moral, para que de tal manera se pueda llevar a cabo este Evangelio de la vida. Recordemos que todos llevamos inscrito en el corazón el mandato misionero de anunciar el Evangelio a todas las naciones, lo cual abarca el anuncio de la vida, puesto que Jesucristo mismo se nos ha revelado como camino, verdad y vida; en realidad, lo estamos promoviendo a Él mismo cuando luchamos infatigablemente por fomentar una cultura a favor de la vida.

El Evangelio de la vida no solo se debe anunciar, sino que se debe vivir y celebrar en la propia vida, para que una vez hecho vida, con el testimonio sea más fácil dicha promoción. Las familias deberán hacer resurgir en sus senos ese santuario de la vida que se va gestando desde el seno familiar, donde se viva en el amor, el cual deberá hacerse gratuidad, acogida y entrega generosa.