En el año 1975, el Cardenal Franjo Seper, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe emitió este documento, queriendo ser una declaración sobre ciertas cuestiones de ética sexual. Recordemos que la persona humana está marcada por la sexualidad y es en el sexo donde radican las notas características que constituyen a las personas como hombres y mujeres, y no en otras cosas.

En la actualidad, por la falta de una verdadera comunicación con fundamentos sólidos, ha habido una sobre exaltación del sexo, lo cual lleva a propuestas basadas en un hedonismo exagerado. Por tanto, es deber de la Iglesia exponer con claridad y proponer con caridad la doctrina sexual con fidelidad y eficacia, en medio de la confusión en que se vive, ayudando de esta manera a que el hombre, a la luz de la inteligencia que le ha sido dada por Dios, descubra los bienes y las potencialidades en su naturaleza.

Por el secularismo en que vivimos, muchos quieren tomar decisiones sin fundamento, digo esto porque el documento comenta que en los juicios morales no se puede proceder según el arbitrio personal, sino debe obedecer a la ley natural, la cual lleva a la dignidad humana. Además, considero muy importante la aportación del Cardenal, todos los cambios en las culturas no se pueden desligar de los principios fundados y rasgos esenciales de la persona humana. Estos principios se encuentras contenidos en la ley divina, objetiva y universal, por la que Dios dirige al mundo por su sabiduría y su amor. Con todo esto, vemos el que hombre ya se encuentra capacitado para que éste pueda conocer la Verdad inmutable, y no puede argüir erróneamente que no puede llegar a ella o que se encuentra predeterminado.

Cristo, en su designio de amor, ha instituido a su Iglesia como columna y fundamento de la Verdad, en ella el hombre encuentra la saciedad de la verdad. Por tanto, la transgresión de los principios morales agrede y lastima el Evangelio. Además, estos principios no tienen su raíz en cultura alguna, sino en el conocimiento de la ley divina, por tanto, no se pueden considerar como caducos. Con ellos se proclama la igualdad entre el hombre y la mujer, respetando sus deberes y obligaciones. Esto tiene una grande implicación en nuestros días, ya que en las culturas actuales este rasgo característico de la dignidad de la persona se ve menoscabada y se aplasta a la persona.

El documento recuerda que el uso de la función sexual logra su verdadero sentido y rectitud moral únicamente en el matrimonio legítimo. Cabe señalar que este documento no abarca otras áreas que no le competen como pudieran ser los abusos de la facultad sexual o la practica de la castidad.

El amor de Cristo por su Iglesia queda evocado en el amor de los esposos, aunque con las pasiones desenfrenadas se daña el templo del Espíritu Santo que es el cuerpo de cada persona, por ende, la relación sexual sólo puede ser lícita y ejercida dentro del matrimonio. El amor debe salvaguardarse en el matrimonio, la declaración afirma que en las relaciones prematrimoniales queda excluido el estar abierto a los hijos, y en caso de que los hubiera, éstos llegarían a nacer con grandes carencias. Este amor debe ser expresado verbalmente y ante toda la comunidad, el cual hace efectiva la alianza en el matrimonio.

Hay un apartado en el que toca ciertos temas de ciertos desórdenes. De manera muy general dirá que los homosexuales deben ser atendidos pastoralmente, pero nunca se debe aceptar como actos moralmente buenos los actos homosexuales, son siempre desordenados intrínsecamente, por tanto, quedan excluidas toda relación entre personas del mismo sexo.

En cuanto a la masturbación dice que es un grave desorden moral, aunque en la actualidad haya propuestas que la promuevan como un proceso biológico normal, ya que todo ejercicio de la sexualidad fuera del matrimonio siempre se opone a su finalidad. Un problema actual en la sociedad es la prolongación de la inmadurez en la adolescencia, lo cual puede prolongar el mal hábito y que se llegue a actuar sin cargo de culpa. Además, la pureza y la castidad se ve comprometida por la falta de piedad y por la erradicación de la consciencia de pecado grave.

Hay que tener en cuenta de que el hombre peca mortalmente no solo cuando su acción es el menosprecio directo del amor de Dios y del prójimo, sino cuando consciente y libremente elije un objeto gravemente desordenado, sea cual sea el motivo de su elección. La declaración especifica que según la Tradición, el orden moral de la sexualidad comporta en la vida humana bienes tan elevados que toda violación directa de este orden es objetivamente grave.

La religión debe incluir a toda la persona, por ello, la castidad no debe limitarse sólo a las faltas indicadas, sino que tiene otras exigencias mucho más elevadas; marca a las personas tanto en el interior como en el exterior. A cada uno los enriquece según su estado de vida, pero nunca debe reducirlo sólo a una actitud exterior, sino en hacer puro el corazón del hombre.

Me llama mucho la atención el llamado que hace el documento a resistir a la tentación por medio de diversos medios, los cuales ayudarán al encuentro interior con Cristo, a saber: la gracia, la fe, la oración, la actitud de vigilancia, la austeridad de vida, la vida de sacrificio, la sobriedad en las actividades, la frecuencia de los sacramentos y el fervor a la Virgen María.

Finalmente, debemos tener siempre en cuenta que la castidad nos capacita para un amor verdadero, desinteresado, generoso y respetuoso a los demás. En conclusión personal, nos libera de nuestro egoísmo para poder entregarnos generosamente con amor y alegría a los demás. Debemos agradecer siempre y en todo momento a Dios el don de la sexualidad que nos ha regalado y hacer un correcto uso de ella, a fin de poder darle gloria con toda nuestra vida.