En cierta ocasión que platicaba con un joven y que yo intentaba animarlo para que se acercara a Dios, él me decía que no iba ni a Misa ni se acercaba a Dios, porque la gente que iba era muy hipócrita, que dentro del templo se daban golpes de pecho y afuera vivían otra vida muy diferente.

Por supuesto que los que nos acercamos a Dios no somos perfectos, ni vamos a Misa porque ya no tengamos nada que cambiar, vamos a Misa y nos acercamos a Dios porque lo necesitamos. Pero creo que el reclamo de aquel joven tenía mucho de razón, ya que a veces nos podemos quedar con ritos externos, caer en un fariseísmo de hacer las cosas por hacer, en un ritualismo vacío que no me lleve a un cambio verdadero.

Hoy escuchamos en la primera lectura de Os 6, 1-6, una frase que habla muy bien de esto que vengo diciendo. Ya que el profeta nos dice de parte de Dios: “yo quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios, más que holocaustos”. Es una fuerte invitación a la conversión del corazón, ya que nos invita a reorientar toda nuestra vida a Dios, convertirnos a los caminos de Dios.

El profeta le está hablando al pueblo que volvía una y otra vez a sus desvaríos, y no se convertían al Señor. Hacían cultos y sacrificios vacíos pues quedaban en ritos exteriores, pero sin una actitud interior de misericordia. Dios no quiere ritos vacíos y carentes de amor y conversión. Él mismo lo dice: “quiero conocimiento de Dios, más que holocaustos”.

Dios quiere nuestra conversión, que vivamos en el verdadero amor. Un amor que se transforme en misericordia, a imagen de Dios, y que permee todos los momentos de nuestra vida, incluidos ritos y ceremonias, pero sobretodo nuestros actos cotidianos en la casa, en la familia, en la escuela, en el trabajo, etc.

Cuántas veces hemos celebrado la Eucaristía y hasta hemos comulgado y salimos siendo los mismos, sin haberme encontrado con Dios. Cuántas veces he llegado tarde a Misa, o he asistido por mera obligación, por quedar bien, por darle gusto a alguien, etc.

En esta lectura van unidos amor y conocimiento, y esto tiene sentido, puesto que entre más conoces a la otra persona, más la puedes amar, y quien ama a otra persona, también más quieres conocerla. Por eso deberíamos preguntarnos qué tanto conocemos a Dios y qué tanto le amamos en realidad, ya que esto es clave para saber si lo que hago son puros ritos exteriores y vacíos o no.

Por su parte, en el Evangelio de hoy, tomado de Lc 18, 9-14, se nos presenta la parábola del publicano y el fariseo, en donde se nos muestran dos actitudes opuestas de hacer oración. Sabemos que la oración del fariseo era una oración engreída, presumida y llena de ego, pues estaba alimentada en la complacencia de sus propios méritos, sintiéndose bueno, lo cual lo hace desagradable a los ojos de Dios. Mientras que, la oración del publicano, fue una oración sencilla, humilde y de corazón, la cual fue agradable a los ojos de Dios.

Uniendo las dos lecturas del día de hoy, conviene que nos preguntemos ¿cómo me presento a Dios y qué me mueve a acercarme al Señor? Podríamos decir que cada momento espiritual, ya sea en la oración o la Eucaristía, me acercan verdaderamente a Dios, o ¿acaso sólo son ritos vacíos pues no tengo una actitud interior de verdadero amor y misericordia?

Recuerda que nuestras prácticas espirituales deben estar unidas a la caridad y la misericordia, y esto se va a reflejar en la coherencia de mi vida, en como trato a los demás, en qué tanto ayudo en lugar de criticar.