Muchas veces el hombre se siente autosuficiente, fuerte, maduro y que se las sabe de todas a todas, cuando de repente, experimenta la flaqueza humana y Dios le permite caer fuertemente para que sepa reconocer que sólo en Dios está su fuerza. ¿No te ha pasado que cuanto más fuerte te sentías, experimentaste la caída?

Hoy en la primera lectura de la Misa escuchamos una hermosa narración del libro de Dan 2, 31-45, en el cual el profeta le interpreta al Rey Nabucodonosor un sueño que éste tuvo. Únicamente citaré el sueño que se describe:

En aquellos días, Daniel le dijo al rey Nabucodonosor: “Tú, rey, has tenido esta visión: viste delante de ti una estatua, una estatua gigantesca, de un brillo extraordinario y de aspecto imponente. La cabeza de la estatua era de oro puro; el pecho y los brazos, de plata; el vientre y los muslos, de bronce; las piernas, de hierro; y los pies, de hierro mezclado con barro. Tú la estabas mirando, cuando de pronto una piedra que se desprendió del monte, sin intervención de mano alguna, vino a chocar con los pies de hierro y barro de la estatua y los hizo pedazos. Entonces todo se hizo añicos: el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro; todo quedó como el polvo que se desprende cuando se trilla el grano en el verano y el viento se lo lleva sin dejar rastro. Y la piedra que había golpeado la estatua se convirtió en un gran monte, que llenó toda la tierra.

Hay que reconocer que, gracias a la fidelidad de Daniel, Dios le concede el don de sabiduría, con el cual logra interpretarle al rey dicho sueño. Con los elementos que está mencionando Daniel se refiere a los imperios que le seguirán a este rey, los cales todos se vendrán abajo. Cuántas veces no hemos visto lo mismo en la actualidad, de muchos imperios, ideologías y gobiernos… todos se han venido abajo.

Esto es un reflejo de la situación del mismo hombre, en donde hemos sido creados con muchas cualidades importantes, pero nunca debemos olvidar que en la base, somos de arcilla, es decir, somos frágiles y caducos. Tenemos una inteligencia de oro que nos permite conocer a Dios, un corazón de plata con el cual podemos amar y mucha fortaleza en el desarrollo de las diferentes virtudes para defendernos del pecado. Pero también nos damos cuenta de que tenemos pies de barro o de arcilla, frágiles, que con cualquier piedrita se pueden lastimar, romper y hacer venirse abajo todo.

Ser conscientes de nuestra fragilidad nos debe llevar a poner nuestra confianza en Dios y sólo en Él. Confiar únicamente en nuestras capacidades o talentos, en los éxitos que tenemos, en el dinero que nos respalda, etc… es construir nuestra vida cimentada en la soberbia, y esto tarde que temprano se vendrá para abajo.

Por ejemplo, mucho éxito profesional pero nada de caridad, nada de tiempo a la familia… cuando de repente llega una enfermedad como un cáncer, un infarto o una diabetes, con lo cual experimentas tu fragilidad.

Debemos buscar siempre nuestra fortaleza en la oración, en la vivencia constante de la gracia, en la dirección espiritual para que las fragilidades humanas se puedan ver vencidas y podamos afianzar nuestra vida en la perseverancia en el Señor.

Recordemos que el mismo San Pablo nos recuerda que somos como una vasija de barro (Cf. 2 Cor 4, 7), quienes llevamos tesoros invaluables y por eso debemos cuidarnos porque nos podemos romper con mucha facilidad.

Al igual que este sueño que hoy escuchamos, puede que nuestra vida parezca que está en la cima del éxito, en donde todo brille por fuera, en donde tengamos riqueza, pero no nos olvidemos que en la base estamos hechos de arcilla, de material frágil, de material endeble. Cuidemos nuestra vida, para que no vayamos a caer.