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Descubre el peor ENEMIGO del hombre…

En los últimos meses todos nos quejamos de que nuestro país vecino quiere poner muros, de que haya muchos jóvenes desaparecidos, de que hacen falta empleos, de que hay guerras y mucho narcotráfico, etc. Y ciertamente, yo también estoy en contra de todo eso que inaceptable.

Pero en realidad, pocos se detienen a analizar lo que está sucediendo en el fondo para que pase esto, y lo que sucede es que hay una ausencia de Dios en el corazón del hombre. Lo hemos alejado de nuestras vidas, de nuestras familias, de nuestros gobiernos, lo hemos querido relegar de nuestros ambientes.

La reflexión la quiero tomar de la primera lectura de hoy de Jr 20, 10-13:

En aquel tiempo, dijo Jeremías: “Yo oía el cuchicheo de la gente que decía: ‘Denunciemos a Jeremías, denunciemos al profeta del terror’. Todos los que eran mis amigos espiaban mis pasos, esperaban que tropezara y me cayera, diciendo: ‘Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos vengarnos de él’. Pero el Señor, guerrero poderoso, está a mi lado; por eso mis perseguidores caerán por tierra y no podrán conmigo; quedarán avergonzados de su fracaso y su ignominia será eterna e inolvidable.

Hoy este texto nos habla del hombre de Dios que es injustamente perseguido, pero que se ha puesto confiadamente en las manos del Señor y que, por eso, será consolado y protegido por el mismo Dios.

Jeremías tiene muy claro de que muchos están en su contra y se confabulan para eliminarlo, porque sus palabras condenatorias de la injusticia calan sus consciencias. Aunque también es consciente de que esta misión se la ha encomendado directamente Dios y, por lo tanto, nunca lo abandonará.

Al igual que le sucedió a Jeremías, que muchos se oponían a su predicación y trataban de eliminarlo, también hoy, a quien quiere llevar una vida recta, justa, leal, honrada y conforme a los mandamientos de Dios, se le tacha de mojigato, ridículo, anticuado, etc.  También son duramente perseguidos y los tratan de eliminar.

No desistamos en la lucha, que la persecución no nos debilite ni nos haga bajar nuestras guardias, ya que el peor enemigo del hombre es el pecado, y éste trata de perder eternamente a los hombres. El pecado no quiere que Dios y su Reino se instauren en nuestros corazones y por eso siembra en nuestro interior muchas ambiciones, envidias, rencillas, discordias, mal tratos, etc.

Muchos corazones de hoy en día están avejentados por el pecado, están marchitos por la lejanía de Dios, están amargados porque se han corrompido por el pecado. El problema de la guerra, de los bombazos, es un problema que está en el corazón del hombre, y hasta que cada uno de nosotros no decidamos cambiar en nuestro interior, hasta que no dejemos reinar a Cristo en nuestras vidas, la guerra nunca cesará, ya que la guerra no comienza con el primer misil, sino con la primera indiferencia, con la primera crítica que hacemos, con la primera injusticia que cometemos, con el primer robo, con la primera mirada indecente, etc. La guerra no comienza en el exterior, sino que inicia y se va fraguando en el corazón de cada uno.

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