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Descubre cuáles fueron los dos secretos de San Francisco de Asís para ser santo

Basta que miremos a nuestro alrededor con ojos críticos, para que digamos que hay mucho bien que hace falta por hacer. Tantas situaciones de marginación, de violencia, de pobreza, de guerras o de atentados, provienen de que hace falta que los hombres le abramos el corazón a Dios, que le dejemos entrar y transformar nuestra historia.

Por supuesto que Dios no quiere ni desea el mal para los hombres, pero todo lo que estamos viviendo, se debe a que nos hemos dejado llevar por las seducciones del mundo y no tenemos otros ojos más que para nuestro propio beneficio. Hoy, el mismo Jesús, nos hace un fuerte llamado a ponernos en camino, a trabajar por construir un mundo de paz y de amor.

En el Evangelio de hoy, tomado de Lc 10, 1-12, se nos dan ciertas características del llamado que Jesús nos hace a todos, ya que todos somos enviados por el Señor para construir el Reino de Dios. Sólo quiero citar la primera parte de este texto:

En aquel tiempo, designó el Señor a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa, digan: ‘Que la paz reine en esta casa’.

Las indicaciones de Jesús son claras: sus seguidores siempre deben tener claro que son peregrinos, no deben buscar instalarse o acomodarse a una situación o a un puesto; siempre deben estar en camino. Además, deben llevar siempre un equipaje ligero, lo que los lleve a vivir en la confianza absoluta en quien los envía. Deben ser consciente de que son enviados para colaborar y anunciar la paz a todos.

¿Qué tanto confiamos en el llamado y el envío que Jesús nos ha hecho? Por supuesto que la tarea no es fácil, habrá muchas dificultades. Él mismo lo advirtió cuando dijo que vamos como corderos en medio de lobos, lo cual quiere decir que no seremos aceptados del todo, habrá quiénes no quieran recibir el mensaje y lancen un ataque feroz, pero esto no debe hacernos desistir, ni mucho menos rebajarnos a su nivel, porque vamos como corderos, no somos lobos.

Quisiera que nos detuviéramos a reflexionar en qué tanto somos esos constructores de paz en medio de nuestra comunidad y en medio de cada uno de nuestros ambientes. Cuando Jesús les dice: “pónganse en camino”, es una exhortación de movimiento, de acción, de tomar la iniciativa. Debemos ponernos en camino para llevar la paz a tantos hogares donde hay discordia, a tantos corazones amargados y resentidos. No podemos llevar prejuicios de las personas, a todos tenemos que anunciarles y comunicarles la paz.

Hoy que estamos recordando a San Francisco de Asís, conviene que nos demos cuenta de que era un hombre muy alegre, jovial, desprendido y muy valiente. Supo despojarse de todas sus riquezas, para servir al Señor con extrema radicalidad. ¿De dónde le venía esta fuerza interior para tomar decisiones tan radicales? Sin lugar a duda, de su amor a la Eucaristía y a la meditación de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. Estos fueron los dos secretos para poder llegar a la santidad.

Su pobreza era tal, que ésta se extendía a toda su vida, no sólo a lo material, déjenme me explico. Durante sus arduas jornadas predicando el Amor de Dios y la conversión a Él, San Francisco veía cómo Jesús era rechazado por muchos, lo que lo llevaba a decir constantemente: “El Amor no es amado”.

La gente, al ver esa grande necesidad de que los demás conocieran a Jesús, algunos le propusieron que pidiera permiso al Papa para que los frailes pudieran predicar en todas partes sin autorización del obispo, San Francisco les contestó lo siguiente:

Cuando los obispos vean que viven santamente y que no tienen intenciones de atentar contra su autoridad, serán los primeros en rogarles que trabajen por el bien de las almas que les han sido confiadas. Consideren como el mayor de los privilegios, el no gozar de privilegio alguno.

Ahí se notaba su pobreza radical, totalmente despojado de todo: bienes, estima, posición social, reconocimiento, privilegios, etc. Pidámosle al Señor podamos servir y amor con un corazón generoso y desprendido.

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