Si ayunas mucho te quedarás flaquito y debilucho, pero con un espíritu bien fortalecido. Muchas veces mal entendemos el verdadero sentido del ayuno y nos quedamos con algo muy exterior y que no tiene trascendencia en nuestra vida. Hoy quiero ayudarte a descubrir cuál es el verdadero ayuno que Dios quiere para cada uno de nosotros, para que entendamos cuál es el ayuno que nos sirve de verdad.

En la lectura del profeta Isaías 58, se nos comparte muy bien el pensamiento de Dios sobre ello:

El ayuno que yo quiero de ti es éste, dice el Señor: Que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores; que liberes a los oprimidos y rompas todos los yugos; que compartas tu pan con el hambriento y abras tu casa al pobre sin techo; que vistas al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano. Entonces surgirá tu luz como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas; te abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu marcha.

Como muchas veces suelo decir, hoy la Palabra de Dios nos habla clarito y sin maquillarse, nos habla duro y directo. El ayuno que Dios quiere es que ayunemos compartiendo, es decir, que tengamos una real disposición interna al cambio y lo reflejemos compartiendo lo que somos y lo que tenemos con nuestros hermanos más necesitados. Cuando nuestros actos externos no van acompañados de las disposiciones interiores, no agradamos a Dios con nuestras obras, ya que quedan en meros gestos externos.

Por tanto, el ayuno que quiere el Señor es la conversión a él y al amor de los hermanos, es el ayunar del egoísmo, compartiendo con los demás su persona y lo que se tiene; ya que ayunar sin tener amor ni caridad, no tiene sentido, quedaría en un mero rito externo que no me hace mejor ni me ayuda a crecer en santidad.

Como ejemplo, este miércoles de ceniza que pasó, ya que es el día que más gente va a los templos, salen las gentes de hasta por debajo de las piedras, pero no están así las filas de la confesión ni las filas para hacer obras de caridad o de apostolado. Podrían pensar que no ir a tomar ceniza es un pecado gravísimo, cuando ni pecado es, pero eso sí, despreciar al hermano, faltar el respeto al prójimo, ser indiferente a las necesidades del hermano, seguir sumergido en mis vicios, robar algo del otro, todo esto no me mueve la consciencia para nada.

Debemos ser congruentes en la vida. Las tres prácticas de la Cuaresma, es decir, el ayuno, la penitencia y la oración, pierden todo su valor y su significado si no están vivificadas por las obras de caridad. Debemos animarnos a ayunar de lo que verdaderamente nos cuesta trabajo. Ayunar de no comer algo es fácil y a veces se mancha por la vanidad o la vanagloria, el sentirme bueno y casi santo.

Por qué mejor no ayunamos de nuestras actitudes de soberbia, de sentirnos superiores a los demás, de la crítica mordaz, de los juicios innecesarios, de la lujuria y la sensualidad desmedida, de la obsesión de tener más y de ser más ante los demás, para aplastarlos y que se haga notar mi superioridad. Por eso, San Agustín decía “Para ayunar de verdad hay que abstenerse, antes que nada, de todo pecado”.

Te invito a que si aún no tienes un propósito para esta Cuaresma, pienses bien qué le vas a ofrecer a Dios. ¿De qué vas ayunar? Pero también te invito a que lo hagas pensando en qué te hace más libre para amar a Dios, en que aproveches este tiempo para que elimines de tu vida todo aquello que te obstaculiza a experimentar su amor, sin olvidar que Dios quiere que tu ayuno beneficie también a los demás. El ayuno te deberá ayudar al autocontrol, a saber dominarte para poder ser fiel y amar con un corazón generoso.

Dios quiere que en esta Cuaresma le hagas un espacio en tu corazón, ya que el corazón del hombre debe estar totalmente disponible para Dios. Cuando otros proyectos, ambiciones, cosas o personas habitan en él, será imposible que Dios habite en él.