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Descubre cómo evitar tantos SUICIDIOS y no llegar a ser corresponsables de ellos

Cuántas personas hay que se quitan la vida por no tener la experiencia del amor de alguien. En los últimos años, los índices de suicidio han incrementado considerablemente y esto no debería ser ajeno a nosotros, no deberíamos quedar indiferentes ante tal situación que se vive, ya que si han aumentado los suicidios quiere decir que también ha aumentado la indiferencia de nosotros hacia esos hermanos que sufren en silencio.

He querido iniciar con esto del suicidio, ya que en el Evangelio del día de hoy, tomado de Jn 5, 1-3.5-16, escuchamos la historia de aquel paralítico que fue curado por Jesús en la piscina de Betesdá. Lo que sucedió fue que había un hombre que llevaba 38 años enfermo y se encontraba tendido. Jesús se acercó a él para preguntarle si quería curarse y la respuesta del enfermo me impacta, pues le contestó: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo”. Sabemos bien el final, en ese momento quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

De este evangelio pudiéramos hacer muchas reflexiones en diferentes sentidos, pero hoy me quisiera centrar en la situación interior de este hombre. Alguien que, como todos, quería ser feliz, buscaba ayuda, hacía todo lo que estaba en sus manos para cambiar y quedar curado; sin embargo, no tenía a nadie a su lado. No llevaba poco tiempo en esa situación, sino que ya tenía 38 años enfermo.

Yo me imagino que alguien que está enfermo de mucho tiempo y en ese momento alguien le dice si quiere quedar curado, lo lógico es que en el momento contestara que sí, pero este hombre contestó externando lo que había en su interior, el drama de estar sólo: “no tengo a nadie”. El gran sufrimiento de los hombres es no tener a nadie, lo cual nos lleva a la reflexión de que el amor es lo que salva, lo que anima, lo que transforma, lo que alimenta y lo que impulsa al otro a caminar.

Además, por esa soledad que sentía y por esa ausencia de alguien a su lado que le ayudara, ese hombre estaba tendido, abandonado, olvidado o excluido. Cuántos hermanos nuestros podrían estar en esta situación, solos y abandonados, viviendo un infierno en su interior y que no tengan a nadie que les tienda la mano y les muestre el rostro amoroso de Dios.

Permítanme hacer una atrevida reflexión acerca de esto. Con todos estos hermanos que se sienten solos, despreciados o ignorados a causa de nuestro desprecio o de nuestra indiferencia ante su dolor y que se llegan a quitar la vida ¿Acaso no seríamos corresponsables de su muerte? A lo mejor si hubiéramos tenido un poco más de amor, un poco más de interés en el otro, a lo mejor aquella persona no se hubiera sentido abandonada.

Pudiéramos justificarnos diciendo es que no sabía lo que estaba viviendo, no sabía lo que había en su interior, o incluso, decir es que el otro no se acercaba a pedir ayuda, etc. Lo que sucede es que a veces vivimos tan encerrados en nuestro egoísmo que no somos capaces de leer al otro, de escuchar al otro o de percibir lo que el otro está viviendo; cuando esto pasa, no hay pretexto o justificación que valga.        

No hay nadie en la vida que pueda vivir sin amor. Jesús no se esperó a que ese hombre le pidiera ayuda, en cuanto lo vio tendido, solo y enfermo, es el mismo Jesús el que toma la iniciativa, se acerca y pregunta. Debemos aprender a tener más amor, a sentir el dolor del otro, a no tener miedo a acercarme al que sufre. Debemos implicarnos en la obra de Jesús, tal como él mismo lo hizo, no podemos quedar indiferentes en el amor.

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