Qué hermoso es cuando vemos a una familia unida y entregada; o un matrimonio que se lleva espectacular porque cada uno ve por los intereses del otro; o que a gusto se siente estar en una comunidad donde todos comparten lo que son y lo que tienen. Sí, esto es posible, únicamente si logramos desterrar el egoísmo y la envidia de nuestro corazón.

Escuchemos el libro de los Hch 4, 32-37:

La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma; todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía. Con grandes muestras de poder, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y todos gozaban de gran estimación entre el pueblo. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían terrenos o casas, los vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles, y luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno. José, levita nacido en Chipre, a quien los apóstoles llamaban Bernabé (que significa hábil para exhortar), tenía un campo; lo vendió y puso el dinero a disposición de los apóstoles.

En este pasaje escuchamos el modelo ideal de la comunidad cristiana. Lo que hoy se plantea es inevitable vivirlo para poder dar testimonio de Cristo resucitado. ¿Qué fue lo que hizo que esta comunidad pudiera poner todo en común y vivir la verdadera caridad cristiana? Sin lugar a dudas, el encuentro íntimo y personal con Jesucristo.

Cuando la gracia de Dios no está en nuestra vida y, por lo tanto, vivimos alejados del Señor, nuestro corazón se va llenando de egoísmo y de envidia. Egoísmo porque no queremos compartir lo que somos ni lo que tenemos, trataremos de acaparar todo para nosotros y no tendremos ojos para mirar al que está sufriendo a nuestro alrededor.

Para alguien que vive con egoísmo en el corazón, lo que tiene nunca será suficiente y siempre se estará haciendo la víctima para no entregarse a los demás. Además, estaremos llenos de envidia, porque como no tenemos lo único que sacia nuestro corazón, que es la gracia de Dios y la experiencia de su amor, siempre estaremos ambicionando cosas y queriendo tener lo que otros tienen, y vamos a querer ser siempre como los demás en todo momento.

Vemos en la lectura de hoy que la caridad cristiana había transformado la primitiva comunidad de Jerusalén en una verdadera familia en la que nadie pasaba necesidad y en la que todos los bienes eran distribuidos por los apóstoles. Esto era muestra de que la Eucaristía había transformado sus corazones y esto lo demostraban en obras concretas.

Es triste ver que hay comunidades divididas y fragmentadas, pero más triste es ver que hay familias también muy divididas por el egoísmo y la envidia, hermanos que se matan por la espalda, esposos que solo ven por sus propios intereses, etc.

Si hoy tu descubres que en tu corazón hay el más mínimo egoísmo o envidia, no te desesperes y acude con el médico del alma, acércate a la gracia para que puedas renacer, para que puedas dejar atrás esa vida de pecado y vivir de nuevo. El Papa Francisco nos regaló una exhortación apostólica llamada Gaudete et exsultate, sobre el llamado a la santidad en el mundo actual.

El Papa explica en la introducción que

El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados”. “Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada. En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente, de diversas maneras, el llamado a la santidad. Así se lo proponía el Señor a Abraham: ‘Camina en mi presencia y sé perfecto’.