Queridos amigos, hoy la Palabra del Señor nos invita a preocuparnos por las cosas que tienen un valor verdadero y a desechar todas aquellas que no nos llevan a la felicidad plena. Dice la Carta a los Hebreos 13, 1-8:

Hermanos: Conserven entre ustedes el amor fraterno y no se olviden de practicar la hospitalidad, ya que, por ella, algunos han hospedado ángeles sin saberlo. Acuérdense de los que están presos, como si ustedes mismos estuvieran también con ellos en la cárcel. Piensen en los que son maltratados, pues también ustedes tienen un cuerpo que puede sufrir. Que todos tengan gran respeto al matrimonio y lleven una vida conyugal irreprochable, porque a los que cometen fornicación y adulterio, Dios los habrá de juzgar. Que no haya entre ustedes avidez de riquezas, sino que cada quien se contente con lo que tiene. Dios ha dicho: Nunca te dejaré ni te abandonaré.

Que importante es que tomemos conciencia de que hay pilares fundamentales que no podemos descuidar, nos da ciertas recomendaciones morales con el fin de invitar al cristiano a recuperar sus compromisos. Nos invita a estar siempre abiertos a los demás y ejercer la caridad con generosidad y alegría, ver siempre por los más necesitados, hoy lo expresa en los que sufren, los presos y los marginados.

Además, nos exhorta a estar atentos al pecado, para que éste no nos lleve a la perdición eterna. Con esto toca un aspecto central: hay que cuidar siempre el corazón, ya que ahí se anidan las malas intenciones. Esto del corazón lo digo porque hoy la Carta a la Hebreos explícitamente nos llama a cuidar dos aspectos importantes: la fornicación y el adulterio y la avidez de riquezas. Por el contrario, hay que tener una confianza total en Dios, quien nunca nos abandona, ya que cuando la impureza o el afán de dinero se animan en nuestro corazón es la ruina en esta tierra y la perdición eterna del hombre.

Hoy también escuchamos en el Evangelio cuando el Rey Herodes mandó decapitar a Juan el Bautista. Lo hizo porque se lo pidió la hija de Herodías, aunque la hija fue mal aconsejada por su madre. En realidad, Herodes no lo quería hacer, consideraba a Juan un buen hombre, pero fue muy cobarde y no supo defender sus convicciones, se dejó llevar por la pasión, por el orgullo, por el qué iban a decir, y esto lo llevó a matar a un buen hombre.

Nosotros también, cuando en nuestro corazón se anidan malas intenciones y como hoy lo decía la primera lectura: la falta de caridad, el deseo pasional y la avidez de riquezas… todo esto nos llevará a pasar por encima de cualquiera, a quitar a los que nos estorben del camino y a cometer muchas injusticias; todo esto por intentar saciar un afán que nunca termina. Pidámosle al Señor nos regale un corazón sincero, fiel, humilde y generoso para que podamos deshacernos de todas esas mezquinas intenciones de nuestro corazón.

Hoy tenemos un ejemplo clarísimo de todo el bien que se puede hacer cuando uno se encuentra verdaderamente con Dios en el corazón y persevera en ese encuentro. Hoy recordamos a Santa Josefina Bakhita, una africana proveniente de Sudán, la cual fue por muchos años esclavizada, torturada, violentada y que, finalmente, en Italia, se abrió a la gracia de Dios. Siempre sufrió hasta el extremo por todas las vejaciones a las cuales fue sometida, hasta que providencialmente llega a Italia y ahí conoce la fe en Jesucristo.

Con las religiosas de la congregación de las Hijas de la Caridad de Santa Magdalena de Canosa, conoció a Dios y entre más lo conocía, lo amaba más, incluso se dio cuenta de que Él siempre había permanecido en su corazón y eso fue lo que le había dado fuerzas para soportar la esclavitud. Una vez estando en Italia, donde el gobierno italiano no reconocía la esclavitud, pudo experimentar la libertad. Siendo ya libre, escogió ser esclava del Señor Jesús, esclava de aquel que ya había pagado por su libertad y su salvación muriendo en la cruz por ella.

Quiero terminar citando unas palabras de Bakhita, quien, por obediencia a su superiora, en 1910 contó su historia de esclavitud e hizo sus memorias biográficas. Recordando su infancia y su juventud, la santa de África decía:

Si me encontrase con aquellos negreros que me raptaron e incluso aquellos que me torturaron, me pondría de rodillas y besaría sus manos, porque, si no hubiese sucedido aquello, no sería ahora cristiana y religiosa.

Hoy, Bakhita nos enseña que a pesar del martirio que vivía supo vivir siempre con esperanza, y dejó que el amor de Jesucristo le sanara para perdonar de corazón y entregarse a la misión con otros que también sufrían y estaban pasando necesidad. Nunca dejó que el odio, el rencor u otro pecado corrompieran su corazón y la apartaran del camino de Dios.