Una vez conocí a un joven que se avergonzaba de toda su familia por el simple hecho de ser pobres y muy sencillos de corazón. Recuerdo muy bien que él siempre quería aparentar lo que no era, siempre ponía máscaras para quedar bien con los demás. Qué triste es cuando no reconocemos nuestro origen y, todavía peor, cuando nos avergonzamos de él.

Hoy, en el Evangelio de Lc 12, 8-12, vamos a escuchar lo que nos podría suceder si somos de esos que se avergüenzan de Dios.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que a todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, lo reconocerá abiertamente el Hijo del hombre ante los ángeles de Dios; pero a aquel que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante los ángeles de Dios. A todo aquel que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero a aquel que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará. Cuando los lleven a las sinagogas y ante los jueces y autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que convenga decir”.

Debe confesar que este Evangelio me pone la piel chinita cada que lo escucho y lo reflexiono, pues me hace cuestionarme qué tan fiel soy al Señor, o bien, en cuantas veces lo he traicionado consciente o inconscientemente.

Una vez, acompañando a unos novios en dirección espiritual, me decía ella que le molestaba que cuando salían con los amigos de él, éste no la tomaba mucho en cuenta y me decía: “hasta me hace pensar que se avergüenza de mi”. Cuántas veces nos hemos avergonzado de Dios e, incluso, hasta lo hemos negado deliberadamente.

Hoy, es muy claro el Evangelio, si negamos al Señor en esta tierra, él también nos negará en el cielo. No podemos pretender llegar al cielo y obtener la salvación en automático si toda nuestra vida en la tierra nos la pasamos negando al Señor.

Por eso, hoy te invito a que revisemos nuestro corazón para ver cómo se encuentra en materia de fidelidad al Señor. ¿Qué tanto somos verdaderos testigos de Jesús con todas nuestras obras? ¿Qué tanto manifestamos a Dios con toda nuestra vida? o bien ¿Cuáles son esas actitudes que me llevan a negarlo día con día?

Todos estamos llamados a ser testigos vivos del Señor Resucitado, llevando una vida de coherencia en la fe y en las obras, testimoniando con nuestra vida que Jesús vive en nuestros corazones. Pero, tal como dice el dicho, nadie da lo que no tiene. Pues para poder dar testimonio del Señor, primero tenemos que vivir con el Señor, para poder ser coherentes debemos abrir nuestro corazón a Dios y experimentar su amor.

No tengamos miedo a vivir cerda de Dios, al contrario, luchemos por vivir esa intimidad con Dios, pues él nos está prometiendo que, cuando vivimos en esa cercanía con Él, cuando vengan las dificultades y las persecuciones, el Espíritu Santo será el que nos defienda y hable por nosotros.

No hay mejor defensor en las batallas que Dios. El Espíritu Santo nos defenderá siempre de todos nuestros enemigos, pero para ello necesitamos abrirle el corazón y demostrarle que sí queremos esa ayuda para nosotros.