Qué hermoso es cuando alguien te manifiesta el amor que te tiene, qué satisfacción se siente cuando experimentas el aprecio de los demás; pero qué duro es aceptar la corrección que los otros nos llegan hacer cuando vamos por mal camino.

Hoy la Carta a los Hebreos nos habla de las correcciones que Dios nos hace por el amor tan grande que nos tiene. Escuchamos en Hb 12, 4-7.11-15 que dice lo siguiente:

Hermanos: Todavía no han llegado ustedes a derramar su sangre en la lucha contra el pecado, y ya se han olvidado de la exhortación que Dios les dirigió, como a hijos, diciendo: Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando te reprenda. Porque el Señor corrige a los que ama y da azotes a sus hijos predilectos. Soporten, pues, la corrección, porque Dios los trata como a hijos; ¿y qué padre hay que no corrija a sus hijos?

Es cierto que de momento ninguna corrección nos causa alegría, sino más bien tristeza. Pero después produce, en los que la recibieron, frutos de paz y santidad. Por eso, robustezcan sus manos cansadas y sus rodillas vacilantes; caminen por un camino plano, para que el cojo ya no se tropiece, sino más bien, se alivie. Esfuércense por estar en paz con todos y por aquella santificación, sin la cual no es posible ver a Dios. Velen para que nadie se vea privado de la gracia de Dios, para que nadie sea como una planta amarga, que hace daño y envenena a los demás. 

Este texto está escrito para darle respuesta al sufrimiento del pueblo elegido, el cual deberá soportar la prueba del destierro lejos de Jerusalén. Recordemos que la etapa del destierro fue un hecho muy doloroso para el pueblo y fue motivo de reclamo constate a Dios por lo que pasaban, no entendían el porqué de tal situación. De hecho, toda la historia de Israel, desde la esclavitud de Egipto hasta la conquista de la tierra prometida, se va comprendiendo desde esta óptica: la de un niño que ha de ser educado hasta la madurez.

Lo que hoy nos debe quedar muy claro es que el Señor corrige a los que ama. Hay heridas, momentos difíciles que no nos permiten caminar o descubrir la presencia de Dios, pero es importante ver, más allá del dolor, la intención medicinal y correctiva de los designios de la Providencia. Así como un padre corrige a su hijo porque lo ama y quiere lo mejor para él, así también Dios, se vale de las penas de esta vida para corregirnos y enseñarnos que a veces nuestros caminos no son lo que Él quiere para nosotros ni son útiles para nuestra salvación.

El sufrimiento siempre es sufrimiento y duele, lo que debemos hacer con actitud de fe es valorar el sentido positivo que tiene, ya que muchas veces, nos quiere sacudir, dar un jalón de orejas para que reaccionemos y salgamos de nuestras falsas seguridades, para que dejemos de estar instalados en nuestras comodidades y trincheras de autosuficiencia. Nunca debemos olvidar que las correcciones que Dios permite provienen siempre de su amor y nos ayudan a retomar el camino y a afianzarnos en la fidelidad a Él.

En algunas ocasiones que Dios ha permitido fuertes acontecimientos dolorosos en mi vida, no te voy a mentir, egoístamente le he ido a reclamar porque no lo entiendo, porque me cuesta aceptarlo. Pero también cada situación de esas me ha llevado reflexionar acerca de mi fidelidad a su amor y me he preguntado constantemente ¿Por qué y cómo amo al Señor? ¿Lo amo porque me va bien en la vida o para que me vaya bien? O ¿Lo amo con fidelidad a pesar de cómo me vaya? No permitamos que el dolor nos ciegue, Dios permite las pruebas y las dificultades para que vayamos purificando nuestras intenciones.

Debemos también con humildad reconocer que no todo sufrimiento viene de Dios, sí lo permite para un mayor bien en nosotros, pero algunos de ellos provienen de nuestra libertad mal empleada y como todo, tiene sus consecuencias. Así que no podemos pasarnos la vida completa echándole la culpa a Dios de nuestros descuidos en la vida espiritual o de nuestras negligencias, aunque Dios siempre las aprovecha para que nosotros crezcamos.

El amor verdadero brota de haber sido probado. El amor, como la amistad y la fidelidad, no se sabe si es firme hasta que supera positivamente los obstáculos del camino. Las dificultades nos hacen fuertes, nos purifican, nos hace quitar lo superficial de las relaciones y encontrarle un sentido trascendente de nuestra vida.