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¿Cuánto sacarías en el examen del amor? ¿Lo reprobarías o lo pasarías?

“Mi amor es mi peso”, eso decía San Agustín y se refería a que todo lo que hacía era conducido por el amor. ¿Qué está conduciendo tu vida en estos momentos? ¿Qué te impulsa y te mueve a actuar? Según sean las motivaciones más profundas del corazón, es como viviremos en nuestra vida.

La lectura que quiero tomar para la reflexión de hoy es de Mt 25, 31ss:

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme’. Los justos le contestarán entonces: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’ Y el rey les dirá: ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron’.

Esto que hoy nos propone el Evangelio es como una especie de examen de amor. Muchas veces hablamos muy romántico y nos aventamos unas oraciones espectaculares con Dios, le prometemos lo mejor, pero oh desilusión cuando las relaciones con nuestros hermanos no son como las oraciones que hacemos.

Con esta parábola del juicio final que hoy escuchamos se nos habla de la conducta que tenemos en la vida con respecto del hermano, especialmente del más necesitado. Esto es muy fuerte, ya que el trato que damos a los demás viene a finalizar en Cristo, porque él se identifica con todo hombre.

Lo que hoy se nos dice en el fondo del texto es que los hombres, al final de nuestros días, no seremos examinados en otra cosa más que en el amor. Todos estamos llamados a la vivencia de la santidad, y responderemos a esta llamada en la medida que hagamos una recta observancia del mandamiento del amor.

Cuando muramos el Señor no nos preguntará cuánto lograste en la vida, no te preguntará cuántos títulos, doctorados o posgrados tuviste aquí en la tierra, no te cuestionará si tuviste la mejor empresa o la que generaba más dinero; lo único que te preguntará es cuánto amaste a tus hermanos y cuánto compartiste con ellos de tanto que Dios te dio. Esto será lo único que cuente para que puedas entrar al cielo, lo demás es relativo y sin importancia.

Es muy fácil amar a Dios de palabras, pero hacerlo en las obras es más difícil. Por eso, San Juan decía que el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. El prójimo es el camino para conocer y amar a Dios, aunque de primeras, muchas veces, quizá la mayoría, la cara del hermano no parezca reflejar la imagen de Dios. También San Juan de la Cruz decía “en el atardecer de la vida seremos examinados en el amor”.

Que esta cuaresma nos ayude a centrarnos en lo principal y en lo único importante, en el amor, para no quedarnos en lo periférico, en lo devocional y en los ritos externos; sino en lo verdaderamente importante como es amar al prójimo, manifestándolo en la ayuda tangible y material a lo más necesitados. Nuestra vida deberá estar siempre cimentada en la caridad. Esta cuaresma sería un buen momento para que comiences a visitar a tus abuelitos enfermos, o bien, a los abuelitos que tienes olvidados en el asilo, o visitar a quien tienes cerca y que necesita de tu compañía.

Si hoy tuvieras que presentarte al Señor y te hiciera el examen de amor ¿cuánto sacarías? ¿cuál fuera tu resultado? ¿pasarías el examen y tendrías tu lugar en el cielo?

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